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Pastor Eligio Méndez | Principio Humano, Fin Humano

Pastor Eligio Méndez

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Pastor Eligio Méndez | Principio Humano, Fin Humano

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Pastor Eligio Méndez
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No todo lo que parece espiritual necesariamente está siendo gobernado por lo espiritual. Hay cosas que nacieron en Dios, pero que pueden terminar siendo ejecutadas desde otra naturaleza. Y cuando cambia el principio que las gobierna, también puede cambiar el resultado.   En esta enseñanza abordamos una realidad que puede estar afectando silenciosamente nuestra manera de servir a Dios: la dependencia de la aprobación de las personas.   ¿Qué sucede cuando nos sentimos bien porque muchas personas respaldan lo que hacemos, pero nos sentimos mal cuando son pocas? ¿Qué sucede cuando comenzamos a relacionar la cantidad de personas con la aprobación de Dios? ¿Puede nuestra decepción por la poca respuesta humana llegar a afectar aquello que Dios quiere hacer a través de nosotros?   Una de las preguntas centrales de esta enseñanza es: ¿Estoy midiendo mi vida espiritual por mi relación con dios o por la respuesta de las personas?   Porque podemos llegar al punto de sentirnos bien aunque nuestra vida espiritual esté débil, simplemente porque tenemos mucha respuesta humana; y sentirnos mal aun después de haber buscado a Dios, simplemente porque el resultado visible no fue el que esperábamos.   Pero muchas personas no es sinónimo de aprobación divina. La multitud puede responder, aplaudir, apoyar y respaldar; pero solamente Dios puede determinar si aquello que hacemos realmente le agrada.   Por eso también debemos aprender que no solamente importa qué hacemos para Dios, sino bajo qué principio lo hacemos.   No basta con hacer algo espiritual. Hay que preguntarnos: ¿Qué lo está gobernando? Porque un principio espiritual no puede estar gobernado por una naturaleza humana, y un principio humano, aunque utilice lenguaje espiritual, no deja de ser humano.   Esta enseñanza también nos lleva a revisar nuestras prioridades: el Reino y su justicia deben permanecer como nuestro punto de enfoque, mientras que las añadiduras ocupan el lugar que Dios les asignó.   Lo natural puede ser una bendición, pero nunca debe convertirse en la condición indispensable para que continuemos obedeciendo a Dios. Porque cuando el beneficio, la cantidad, el reconocimiento o la aprobación de las personas se convierten en la razón por la que hacemos algo para Dios, corremos el peligro de que el principio sea humano y, por consecuencia, también lo sea el fin.