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LA BATALLA CULTURAL NOS ESTÁ VOLVIENDO IDIOTAS (Soto Ivars y Jano García)

Juan Soto Ivars

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LA BATALLA CULTURAL NOS ESTÁ VOLVIENDO IDIOTAS (Soto Ivars y Jano García)

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Juan Soto Ivars
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La llamada batalla cultural, ¿qué es exactamente? Porque llevamos ya varios años en los que todo son trincheras, ejercicios de detección de propaganda del contrario y cada vez menos gente sospechando de estar tragándose la suya. Esta charla con Jano es de 2024. Disfrutad. La charla completa:    • Juan Soto Ivars: "Las sociedades tienen lo...   En agosto de 2026 España vuelve a funcionar como una máquina de fabricar trincheras. Ceuta acaba de sufrir una entrada masiva desde Marruecos que ha desbordado la ciudad y reabierto la guerra sobre inmigración, regularizaciones, fronteras y responsabilidades del Gobierno. Casi al mismo tiempo, los incendios han obligado a declarar una emergencia nacional y el debate ha tardado minutos en dividirse entre cambio climático, abandono del campo, falta de prevención y acusaciones cruzadas entre Pedro Sánchez y el PP. Y mientras ardía media agenda política, la compra de un ático de lujo en Chamberí por una empresa pública madrileña colocaba a Isabel Díaz Ayuso otra vez en el centro de una batalla mediática. Tres asuntos completamente distintos y una reacción casi idéntica: antes de conocer bien los hechos ya sabemos qué piensa cada bando. En Ceuta, “invasión” contra “xenofobia”. En los incendios, “negacionismo climático” contra “ecologismo de salón”. Con Ayuso, “corrupción” contra “operación de Moncloa”. Incluso la presidenta madrileña ha respondido esta misma semana a las preguntas sobre el ático acusando a parte de la prensa de trabajar para sus adversarios. La noticia deja de ser únicamente la noticia y pasa a formar parte de una guerra mayor. Por eso tiene sentido recuperar una conversación de 2024 sobre La trinchera de las letras. No porque aquel año fuera más tranquilo. Todo lo contrario. La amnistía había convertido Cataluña otra vez en una frontera emocional. Pedro Sánchez, Puigdemont, el 1-O y los pactos parlamentarios alimentaban diariamente tertulias, editoriales y redes sociales. El caso Begoña Gómez abrió después otra batalla completa sobre corrupción, lawfare, “máquina del fango” y legitimidad de la prensa. Gaza dividía a medio país entre acusaciones de genocidio y acusaciones de antisemitismo. La inmigración, el feminismo y la identidad nacional completaban el menú. Y alrededor de cada asunto aparecía su propio ejército de opinadores. Federico Jiménez Losantos, Antonio Maestre, Pablo Iglesias, Ana Pardo de Vera, Carlos Cuesta, Javier Ruiz, Pilar Rahola, Vito Quiles, Sarah Santaolalla, Antonio Naranjo o Juan Ramón Rallo representan posiciones muy diferentes, pero comparten un ecosistema donde cada vez resulta más rentable tener una audiencia fiel que convencer a quien piensa distinto. Ahí está uno de los problemas centrales de la guerra cultural: no importa tanto qué se dice como quién lo dice. Perdonamos a los nuestros exactamente aquello que utilizaríamos para destruir al adversario. Si Pablo Iglesias justificó los escraches, algunos celebrarán que se los hagan a él y otros descubrirán de repente que son intolerables. Si Vox denuncia la censura pero cancela actos cuando gobierna, sus partidarios encontrarán una explicación. Si un periodista cercano al PSOE publica una información dudosa, su público pedirá contexto; si afecta al PP, bastarán los indicios. Y al revés ocurre exactamente lo mismo. El resultado no es únicamente polarización política. Es una degradación del conocimiento. Dejamos de leer al adversario, dejamos de escuchar sus mejores argumentos y nos quedamos con el tonto que mejor representa la caricatura que ya teníamos preparada. Soto Ivars cuenta incluso cómo su rechazo ideológico a Juan Ramón Rallo terminó obligándole a escucharle precisamente porque sabía de asuntos que él desconocía. Esa debería ser una experiencia normal. En la lógica de trincheras parece casi una traición. Las redes han acelerado todavía más el proceso. Cada opinión necesita una etiqueta y cada etiqueta trae incorporado un enemigo: woke, facha, sanchista, ultra, progre, negacionista, racista, comunista, genocida, globalista. El algoritmo no premia la duda. Premia reconocer inmediatamente a qué ejército perteneces. Y por eso la pregunta interesante al recuperar una charla de 2024 no es si acertó en todos sus diagnósticos. Es mucho más sencilla: ¿hemos ido a mejor? Dos años después tenemos más medios, más canales, más podcasts, más tertulianos, más clips y más información circulando que nunca. También tenemos una capacidad extraordinaria para convertir Ceuta, un incendio, un ático, una guerra o una sentencia judicial en la confirmación instantánea de todo lo que ya pensábamos antes de que ocurriera. Quizá ese sea el verdadero éxito de la batalla cultural: no convencer al otro, sino conseguir que jamás tengamos que preguntarnos si el equivocado puede ser uno mismo.