"Día 255" La Biblia en un año
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Como humanos, a menudo nos sentimos pequeños, sólo un número entre miles de millones de personas, un punto insignificante en un vasto universo. Esa sensación de insignificancia puede dar paso a una falsa humildad: «¿Por qué Dios se preocupa de mí?» Pero el Señor sale al paso de nuestros sentimientos con una promesa, diciendo que incluso si una madre se olvidara del hijo que amamanta, «yo no te olvidaré» (Is 49,15). Declara su identidad: «Yo soy el Señor, tu Salvador» (v. 26), cuando promete devolver a los hijos e hijas de Israel a la Tierra Prometida. Isaías nos asegura la firmeza de la fidelidad de Dios oponiéndola a la disolución de las cosas aparentemente más permanentes: el cielo y la tierra. A pesar de que estos pasarán, él promete: «Mi salvación durará siempre» (51,6). Para responder a la impresionante salvación del Señor, es necesario que superemos nuestra autocompasión y que vayamos tras la sabiduría amándola y deseándola, madrugando por ella, velando por ella, y deseando la instrucción (cf. Sab 6,12-17). De hecho, san Pablo indica que podemos responder a las promesas de Dios diciendo «sí» a Cristo: «En él se ha hecho realidad el sí. Porque cuantas promesas hay de Dios, en él tienen su sí» (2 Cor 1,19-20). ¿Por qué te es tan fácil pensar que Dios es amor y, sin embargo, tan difícil creer que él te ama?