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Afromayores. Olga Francisca Angulo Vivero

AFROMAYORES I De Lucía Mbomío y Laurent Léger

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Afromayores. Olga Francisca Angulo Vivero

80 просмотров · 6 дн. назад
AFROMAYORES I De Lucía Mbomío y Laurent Léger
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“¿Por qué todos me preguntan que de dónde es que soy yo, que si es que soy africana, cubana o dominicana? Yo soy afrocolombiana. Represento una ciudad muy querida llamada Buenaventura”. Así comienza la entrevista de Olga Francisca Angulo Vivero, con una coplilla que compuso al descubrir, desde la distancia, la extraordinaria biodiversidad de su tierra natal. También nació del hartazgo de que la gente se sorprendiera al conocer a una colombiana negra. Una reacción que refleja la invisibilización de la población afrodescendiente, que representa cerca del 10 % de Colombia y supera el 80 % en algunas zonas del Pacífico. Olga nació en 1961. Fue la única niña entre ocho hermanos varones y la sexta de la familia. Sus padres, “muy chapados a la antigua”, no le permitieron ir a la escuela hasta los 10 o 12 años. Para entonces era extremadamente tímida: temblaba y sudaba cuando tenía que salir a la pizarra. Hablar ante una cámara todavía le provoca sensaciones parecidas, pero ha aprendido a enfrentarse a sus miedos. La escuela, pese a todo, le permitía compartir momentos con sus amigas, ya que en casa no le dejaban salir a jugar. De pequeña encontraba su libertad en el baile. Recuerda una época en la que la música se interpretaba en directo, entre maracas, guitarras y timbales que “tumbaban las casas”. Cuando sonaban aquellos ritmos, desaparecía su timidez. Con el tiempo comprendió que esas canciones eran mucho más que entretenimiento: constituían una forma de preservar una cultura despreciada durante siglos, transmitida de generación en generación como un hermoso ejercicio de resistencia. A los 19 años se casó y tuvo cuatro hijos, a quienes quiso educar evitando que atravesaran las experiencias dolorosas que ella había vivido. Unas dos décadas después se separó de su marido y se incorporó a Buscajá, un grupo de música y danza tradicional del Pacífico colombiano cuyo nombre homenajea a los pobladores originarios de la región. También involucró a sus hijos para que conocieran y valoraran sus raíces. Ella cantaba en el coro y ellos bailaban. El grupo comenzó a realizar giras nacionales e internacionales y, durante su segunda visita a España, en 2007, decidieron quedarse debido a la inseguridad que atravesaba Colombia. Mientras algunos integrantes permanecieron en Mallorca, Olga viajó a Barcelona, donde tenía familiares. Durante el trayecto en autobús se desmayó varias veces porque no había comido ni bebido. Su llegada tampoco fue fácil. Escuchaba a otras mujeres contar que habían tenido que dormir en parques y calles, y pronto descubrió la dureza de empezar de cero. Tras recibir insinuaciones de sus compañeros de vivienda para dedicarse a actividades que rechazaba, comenzó un largo recorrido de trabajos precarios. Cosió en talleres, cuidó niños y personas mayores como interna y soportó situaciones en las que debía pedir permiso incluso para abrir la nevera. Trabajó sin contrato, en situación administrativa irregular, cobrando poco o, en ocasiones, nada. Vivía con miedo y sin amistades con quienes compartir lo que estaba atravesando. Su situación empezó a cambiar cuando un familiar de una mujer a la que cuidaba decidió ayudarla a regularizar sus papeles. Desapareció el temor constante a encontrarse con la policía, pero no la precariedad económica. Decidida a mejorar sus condiciones, realizó un curso de auxiliar de ayuda a domicilio y comenzó a trabajar para distintas empresas de cuidados. Consiguió ahorrar, compró dos máquinas de coser y empezó a colaborar con una modista que le pagaba por cada pieza terminada. Cuando finalmente alcanzó cierta estabilidad, se incorporó a Encuentro Pazífico, una agrupación cultural de Barcelona que le permitió recuperar la música y los bailes de su infancia. Volver a sus raíces se convirtió en una forma de desconectar de las dificultades y reencontrarse consigo misma. Hoy diseña y confecciona el vestuario del grupo. Cada prenda es para ella una manera de contar historias y, al mismo tiempo, de recuperar el control sobre la suya. Esa autonomía también se refleja en pequeños grandes logros: recientemente se ha sacado el carnet de conducir y muestra orgullosa la L de principiante en el salón de su casa. Una vivienda de alquiler social que consiguió hace poco y que representa una tranquilidad largamente esperada. Desde allí, rodeada de música, recuerdos y proyectos, Olga vuelve a permitirse soñar con Buenaventura. Esta vez no piensa regresar para quedarse, sino para disfrutar de su tierra de vacaciones.