Перейти к содержимому

SERVÍ 6 AÑOS EN UN TEMPLO Y TODO EL BARRIO COMÍA DE ESA MASA SIN SABERLO

El Profeta de la verdad

0:00 / 0:00

SERVÍ 6 AÑOS EN UN TEMPLO Y TODO EL BARRIO COMÍA DE ESA MASA SIN SABERLO

173 просмотра · 4 недели назад
El Profeta de la verdad
13 подписчиков
173 просмотра · 4 недели назад
En Salvatierra, Guanajuato, a principios de los años ochenta, en el barrio de la otra banda del río, no había molino. Había uno del otro lado del puente, pero cobraba, y una mujer con tres hijos tenía que cruzar cargando el bote con el nixtamal caliente antes de que amaneciera. Por eso el templo hacía lo que hacía: dejaba su maíz en la tarde, pasaba por su masa con el sol afuera, y no cobraba un peso. Todo el barrio comía de ahí. Tortillas, atole, tamales en diciembre. Onésimo tenía veinticuatro años, un hijo de cinco, ningún trabajo y un país que acababa de devaluarse. Cuando le ofrecieron cincuenta kilos de maíz al mes por cuidar una lumbre y mover una palanca, aceptó sin hacer la pregunta que cualquiera habría hecho. Él mismo lo dice: no lo engañaron, lo compraron, y lo compraron barato. En un año en que el dinero no valía nada, un costal valía más que cualquier explicación. Lo que descubrió después no tiene que ver con lo que se echaba al cazo, porque lo del cazo se va con el agua. Tiene que ver con el único punto del proceso donde una cosa echada ahí ya nunca sale. Y tiene que ver con una libreta de pastas verdes guardada en el cajón del pastor, donde algunos nombres llevaban una raya y otros amanecían encerrados en un círculo, y donde Onésimo, muchos años después, encontró su propio nombre escrito con la letra de su padre, en una hoja de mil novecientos sesenta y dos, cuando él tenía cuatro años. Este es su relato completo, con sus palabras. Hay una señora del acordeón a la que toda la congregación trataba de loca, un viejo que amaneció muerto de frío en mayo junto a la lumbre, un niño de once años que dijo una sola palabra el día de su primera Santa Cena, y un hombre que tuvo que bajar la calle tocando puerta por puerta con una cubeta vacía en la mano. Escuche hasta el final.