ES MATEMÁTICAMENTE IMPOSIBLE QUE SÁNCHEZ GANE LAS ELECCIONES (pero...)
Juan Soto Ivars
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ES MATEMÁTICAMENTE IMPOSIBLE QUE SÁNCHEZ GANE LAS ELECCIONES (pero...)
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Juan Soto Ivars
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Pedro Sánchez se juega la Moncloa el 29 de noviembre con las encuestas apuntando a
una mayoría amplia de PP y Vox. Tomás Gómez le conoce bien y sabe que esta vez no le
dan los números. Pero el presidente ya ha sobrevivido a muchas situaciones imposibles.
El dirigente al que sus propios compañeros intentaron apartar en 2016 terminó regresando para hacerse con el control de un partido que hoy resulta difícil distinguir de su líder.
Tomás Gómez, exalcalde de Parla, antiguo secretario general del PSOE de Madrid y miembro de la Ejecutiva Federal socialista, conoce personalmente a Pedro Sánchez desde sus años en las Juventudes Socialistas. Participó en las operaciones internas que facilitaron su llegada a la secretaría general en 2014 y fue destituido por el propio Sánchez en 2015. Su trayectoria permite reconstruir cómo un político al que buena parte del aparato consideraba una solución provisional acabó convirtiéndose en el hombre más poderoso del socialismo español.
La llegada de Sánchez a Ferraz fue una sucesión de movimientos inesperados. La retirada de Alfredo Pérez Rubalcaba, las aspiraciones de Susana Díaz, la candidatura de Eduardo Madina y los acuerdos entre las federaciones de Andalucía, Madrid y Valencia desembocaron en una elección que pocos habían previsto. Entre los dirigentes que rodeaban al futuro presidente figuraban Pepe Blanco, Óscar López y Antonio Hernando. Aquel Sánchez todavía defendía posiciones socioliberales y estaba lejos de representar el giro político que protagonizaría después.
La crisis del PSOE de 2016 cambió definitivamente las reglas. Las dimisiones de la Ejecutiva, la resistencia de Sánchez a abandonar Ferraz, la urna detrás del biombo y su victoria sobre Susana Díaz en las primarias de 2017 marcaron el nacimiento de un liderazgo que dejó de depender de los equilibrios tradicionales del partido. Los barones territoriales, el Comité Federal y las estructuras intermedias perdieron capacidad de influencia frente a un secretario general que apelaba directamente a la militancia.
Ese modelo de poder ayuda a entender muchas de las tensiones institucionales posteriores. El enfrentamiento con el Congreso, los choques con el poder judicial, la relación con determinados medios de comunicación y los acuerdos con Junts, ERC y EH Bildu han acompañado la transformación del PSOE. El partido que durante décadas estuvo organizado alrededor de distintas familias socialistas aparece ahora subordinado a la supervivencia política de Sánchez.
La corrupción ha añadido una nueva dimensión al problema. El caso Koldo, la investigación sobre Santos Cerdán, las causas judiciales relacionadas con Begoña Gómez y las controversias que han afectado a dirigentes socialistas han colocado el funcionamiento del entorno presidencial bajo un escrutinio constante. También el episodio de Juan Lobato y la filtración de información sobre la pareja de Isabel Díaz Ayuso mostró hasta qué punto las guerras internas del PSOE madrileño siguen conectadas con la política nacional.
En ese contexto llega el adelanto electoral. Sánchez ha convocado las elecciones del 29-N tras perder en el Congreso votaciones decisivas sobre vivienda, mientras las protestas de la Puerta del Sol y la muerte de Maricarmen Abascal han desplazado el foco de la actualidad. El PSOE intenta convertir la crisis de la vivienda en una movilización contra la derecha, pese a llevar gobernando desde 2018. La estrategia vuelve a apoyarse en la polarización y en la posibilidad de una mayoría de PP y Vox.
Los últimos sondeos sitúan al bloque de Feijóo y Abascal cerca de los 200 diputados, mientras Sumar y Podemos continúan debilitados. Sánchez confía en repetir una remontada como la de 2023, pero el escenario es muy distinto: una izquierda fragmentada, una mayoría parlamentaria agotada y un PSOE que depende extraordinariamente de la figura de su secretario general.
El problema no termina necesariamente con una derrota electoral. Después de tantos años de concentración de poder, el socialismo tendría que reconstruir su organización, recuperar una identidad ideológica reconocible y decidir qué relación quiere mantener con los partidos independentistas. También tendría que recuperar una cultura interna en la que discrepar del líder no equivalga a quedar fuera del partido.
El recorrido de Sánchez desde las Juventudes Socialistas hasta la Moncloa deja una cuestión política de fondo: la diferencia entre dirigir un partido para gobernar y convertir el partido en un instrumento para conservar el poder. La respuesta será decisiva tanto para el resultado del 29 de noviembre como para el futuro del PSOE después del sanchismo.