CAFE DE LOS ANGELITOS - Alberto Marino - Aníbal Troilo
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CAFE DE LOS ANGELITOS
Música: José Razzano
Letra: Cátulo Castillo
Orquesta de Aníbal Carmelo Troilo
Intérprete: Alberto Marino
Grabado 19-12-1944
CAFÉ DE LOS ANGELITOS
Lo había fundado, por 1890 con el nombre de Bar Rivadavia un italiano llamado Batista Fazio. Primitivamente fue reducto de malandras y caferatas cuya traducción del lunfa básico corresponde, más o menos, a gente de mal vivir. Verdaderos "angelitos", según la socarrona afirmación del comisario de Balvanera quien, sin saberlo, le estaba dando carta de bautismo a uno de los más populares cafés de Buenos Aires.
Cuando en 1919 lo adquirió don Angel Salgueiro en la suma de setenta y cinco mil pesos, ya habían hecho famosa la esquina las presencias de Gabino -el negro payador del Himno a Paysandú-, Higinio Cazón, José Betinotti, José Razzano, Carlos Gardel, Roberto Cassaux, Florencio Parravicini y los prohombres del socialismo argentino que tenían su Casa del Pueblo cincuenta metros más al oeste por la misma calle Rivadavia.
Cuentan que era frecuente ver llegar a Juan B. Justo, a don Alfredo Palacios -por entonces joven mosquetero de la política con el brillo de haber sido el primer diputado socialista de América-. Sabía recalar también otro de los nombres imborrables que Juan Manuel Gálvez cita entre los amigos y maestros de su juventud: José 'Pepe' Ingenieros.
El anecdotario es inagotable. Fue en el Café de los Angelitos donde una noche de 1917, don Mauricio Goddart director artístico del sello Odeón contrató al ya famoso dúo criollo Gardel-Razzano, quienes debutaron en el disco con Cantar eterno y El sol del 25. Y fue también allí donde Carlitos, celebrando una de las victorias de su célebre pingo, Lunático, hizo un convite de puchero corrido que duró hasta el último canto del gallo.
Por 1928 también los radicales caían por el café. Inaugurado el nuevo edificio del Congreso en la esquina de Rivadavia y Entre Ríos, muchos políticos del viejo partido de Alem solían arrimarse a la tertulia con sus adversarios los socialistas. Y en la década del 30 fue el Malevo Muñoz Carlos de la Púa el de La crencha engrasada quien supo animar otros encuentros de poetas, periodistas o simplemente manyines que buscaban el garrón de alguna mesa bien servida.
El tiempo la infinita trayectoria de ese río que el griego ha revelado fue mutando la ciudad, apagando voces, segando rostros, diseñando olvidos. La bravía esquina de Rivadavia y Rincón fue transformándose en ajetreado periplo de oficinistas laburantes. El café pecó de bar americano propiciando de día algún almuerzo al paso. Por las noches pagaba su penitencia recobrando tangos.