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BODAS DE PLATA SACERDOTALES PJK

Hagamos Ruido Schoenstattiano

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BODAS DE PLATA SACERDOTALES PJK

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Hagamos Ruido Schoenstattiano
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PLATICA CON OCASION DE LAS BODAS DE PLATA SACERDOTALES DEL PADRE JOSE KENTENICH - FUNDADOR DEL MOVIMIENTO DE SCHOENSTATT (15 DE AGOSTO DE 1935) A punto de cumplir 50 años de vida y recien habiendo cumplido 25 años de sacerdote, el Padre Jose Kentenich, en el ecuador de su vida, nos regala una plática profética, donde agradece a los muertos y heroes de Schoenstatt, agradece a los colaboradores del momento todo su trabajo, disposición y entrega y, además, agradece a los futuras generaciones de Schoenstattianos... De principio a fin, una plática que no tiene desperdicio, disfrútala... El Padre Kentenich concibió siempre la paternidad como un servicio abnegado y desinteresado a la vida de los demás, a cada uno, según su manera de ser y su misión personal. Con profundo respeto leía el querer de Dios en el corazón de los que le habían sido confiados. Entendió su tarea de educador como una colaboración instrumental en la conducción de Dios. La misma experiencia de amor a los suyos fue la fuente permanente e inagotable de una plenitud paternal desbordante: no sólo daba él, sino que declara haber recibido mucho él mismo de quienes Dios había puesto bajo su cuidado paternal. Cuando el Padre Kentenich celebra sus bodas de plata sacerdotales, sucede algo poco acostumbrado en él: manifiesta el deseo de celebrar el jubileo de sus 25 años de sacerdote con la Familia, celebración que se llevó a cabo el 15 de agosto de l935. Reproducimos el texto completo de la plática que pronunció en aquella ocasión. Es un documento de gran valor que ilustra el modo en que él se veía como fundador y cómo recibía e incorporaba a los suyos en el ejercicio de su paternidad sacerdotal: Mi querida Familia schoenstattiana: Cuando, hace más o menos una o dos semanas atrás, circulaba la invitación para la celebración de mis bodas de plata sacerdotales, se oía susurrar en las filas de nuestros "viejos guerreros", de nuestros antiguos congregantes que desde un principio han trabajado junto a mí: "¿Cómo es esto? ¿Se dan todavía prodigios y milagros? ¿Es posible? ¿Cómo se las han arreglado en Schoenstatt para organizar una fiesta?". Y cuando comenzaron a llegar algunos de los antiguos, naturalmente la primera pregunta era: "¿Cómo fue posible?". Y la respuesta: "Servía a la causa, por eso él consintió". No sé si fue este el motivo último por el cual no sólo permití la celebración sino que, incluso, la deseaba ardientemente. Son verdad las duras palabras que tan a menudo tengo en los labios: "¡Allí donde estoy, allí muero!"; "¡el abanderado no es nada, la bandera lo es todo!". Si esto vale para ustedes, también vale para mí. Tenemos que servir a la causa; la propia persona es secundaria y lo que exige la causa uno tiene que entregarlo. Sé, y lo he experimentado junto con ustedes, hasta qué punto nuestras fiestas familiares afianzan siempre más estrechamente nuestros lazos comunitarios y cómo con ellas se ha fortalecido la fidelidad a nuestra causa, a nuestra Madre tres veces Admirable y también entre nosotros mismos. ¿Percibimos acaso que el deber de conformar una profunda comunidad es hoy día más necesario que nunca, puesto que las circunstancias de la época separan tan radicalmente a los hombres entre sí y, además, presagian un futuro difícil y oscuro, que con el tiempo se prepara a lanzar rayos? Es posible que vengan tiempos difíciles. Y en verdad, cuanto más difíciles los tiempos, tanto más estrechamente debemos cerrar filas y constituir una única y gran Familia, llamada por Dios a consumirse en tales arduos tiempos por la Iglesia del Señor, por el reino de la Santísima Virgen. Todas éstas son razones válidas, pero no son el motivo más profundo para dar un sí alegre y anhelar la celebración. En forma jocosa se ha expresado lo que a mí propiamente me mueve. Es cierto, yo celebro mi jubileo con ustedes. Pienso en todos los que han trabajado conmigo durante estos 25 años. Sí, los he invitado a celebrar su jubileo. ¿No es cierto que con el tiempo se ha llegado a realizar lo que Dios había previsto desde toda eternidad? No sé si existe, en la época actual, otra comunidad como la nuestra en la cual el destino de sus dirigentes esté tan estrechamente vinculado con el destino del director de la Familia como sucede entre nosotros. Y lo que Dios ha unido no debe separarlo el hombre: Deus iunxit homo non separet. Por esto pueden comprender que acepto todo lo que hoy han expresado en los himnos de agradecimiento, sobre todo su sencilla fidelidad. Con emoción acepto todas sus palabras, pero las remito a la dirección a la cual estaban destinadas desde un principio: pienso en ustedes y en nuestra querida Madre tres veces Admirable Quizás me pregunten: ¿Por qué este agradecimiento? ¿A quién debo agradecer? Agradezco a los muertos, agradezco a los vivos; agradezco a las generaciones futuras. Agradezco a los muertos. Tan hermosamente como comenzó esta mañana nuestra fiesta, así queremos que llegue a su fin. Nuestros muertos no han muerto, están con nosotros...