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Que amables son tus moradas (Salmo 84 (83)) - Camino Neocatecumenal

Joven Peregrino

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Que amables son tus moradas (Salmo 84 (83)) - Camino Neocatecumenal

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Joven Peregrino
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Quanto sono belle le tue dimore Signore - Cammino Neocatecumenale Hoy empezamos nuestro nuevo día con un antiguo canto procesional de Israel cantado en italiano, que en un ambiente de renovación postexílica, se dispone al retorno a su tierra, mientras soñaba en el nuevo templo: ¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, después que de ellos ha vivido tanto tiempo alejado en el destierro. Será necesario preparar una larga y penosa peregrinación, pero no importa, cuando atravesemos áridos valles, la esperanza de volver a Jerusalén los convertirá en oasis y, con pie firme, sin titubear ante la dificultad, caminaremos de baluarte en baluarte hasta ver a Dios en Sión. Este salmo fue repetido después por Israel como canto de peregrinación en sus fiestas anuales cada vez que subía al templo. El Espíritu quiso que este salmo quedara cristalizado en la Escritura, para acompañar también la peregrinación del nuevo Israel, que camina hacia el reino. También nosotros, peregrinando, deseamos la Jerusalén definitiva, donde contemplaremos al Dios vivo, y envidiamos a los que llegaron ya al término de su peregrinación: Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre. Pero, también, dichosos nosotros, que, preparando nuestra peregrinación, vivimos alegres en la esperanza y, cuando atravesamos áridos valles de dificultades, los convertimos en oasis; teniendo a Dios como sol y escudo que nos protege,caminamos, con esperanza firme, de baluarte en baluarte hasta que veamos a Dios en Sión. Es verdad que no todo en nosotros es transparencia de Dios ni gozo que delate su presencia; nuestro caminar discurre frecuentemente por áridos valles. Mas, no obstante, la penetrante mirada de la fe nos lleva a reconocer en nuestra pobre comunidad la anticipación y el símbolo de las Moradas de Dios. Podemos identificarnos con el salmista y decir: «¡Qué deseables son tus moradas… mi alma se consume y anhela los atrios del Señor!» Aquí es posible experimentar anticipadamente la dicha de los que viven en la casa del Señor, siendo una alabanza permanente para Dios; aquí podemos sentirnos vigorizados con la fuerza que el Espíritu comunica a quienes peregrinan hacia el Padre. Aquí podemos ver a Dios, que es nuestro sol y escudo y da la gracia y la gloria. Este es lugar de intercesión a Dios Padre por el mundo, por el hombre. El Señor no niega sus bienes a quienes confían en Él. Se trata de un canto dulcísimo, penetrado de un anhelo místico hacia el Señor de la vida, al que se celebra repetidamente (cf. Sal 83,2.4.9.13) con el título de «Señor de los ejércitos», es decir, Señor de las multitudes estelares y, por tanto, del cosmos. Por otra parte, este título estaba relacionado de modo especial con el arca conservada en el templo, llamada «el arca del Señor de los ejércitos, que está sobre los querubines» . En efecto, se la consideraba como el signo de la tutela divina en los días de peligro y de guerra. El fondo de todo el Salmo está representado por el templo, hacia el que se dirige la peregrinación de los fieles. La estación parece ser el otoño, porque se habla de la «lluvia temprana» que aplaca el calor del verano (cf. Sal 83, 7). Por tanto, se podría pensar en la peregrinación a Sión con ocasión de la tercera fiesta principal del año judío, la de las Tiendas, memoria de la peregrinación de Israel a través del desierto. El templo está presente con todo su encanto al inicio y al final del Salmo. En la apertura encontramos la admirable y delicada imagen de los pájaros que han hecho sus nidos en el santuario, privilegio envidiable. Esta es una representación de la felicidad de cuantos, como los sacerdotes del templo, tienen una morada fija en la Casa de Dios, gozando de su intimidad y de su paz. En efecto, todo el ser del creyente tiende al Señor, impulsado por un deseo casi físico e instintivo: «Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo» . El templo aparece nuevamente también al final del Salmo . El peregrino expresa su gran felicidad por estar un tiempo en los atrios de la casa de Dios, y contrapone esta felicidad espiritual a la ilusión idolátrica, que impulsa hacia «las tiendas del impío», o sea, hacia los templos infames de la injusticia y la perversión. El salmista piensa, ante todo, en la peregrinación concreta que conduce a Sión desde las diferentes localidades de la Tierra Santa. La lluvia que está cayendo le parece una anticipación de las gozosas bendiciones que lo cubrirán como un manto (cf. Sal 83,7) cuando esté delante del Señor en el templo . La cansada peregrinación a través de «áridos valles» se transfigura por la certeza de que la meta es Dios, el que da vigor, escucha la súplica del fiel y se convierte en su «escudo» protector. Se agradece la colaboración de varios hermanos por el la interpretación de este bello salmo. La Paz!