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07 - Sal de tu propia cabeza

El Súmmum de la Síntesis

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07 - Sal de tu propia cabeza

9 просмотров · 6 дней назад
El Súmmum de la Síntesis
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Holden Caulfield vagando por Manhattan, Arturo Bandini enemistándose con todo aquel a quien conoce en Los Ángeles, Binx Bolling huyendo de la rutina de Nueva Orleans: tres personajes de ficción, tres novelas autobiográficas y una única enfermedad compartida. Ninguno de ellos consigue salir de su propia cabeza. J. D. Salinger, John Fante y Walker Percy escribieron versiones de sí mismos paralizadas por la obsesión con el yo, y sus biografías confirman el diagnóstico. Salinger se apartó del trato humano y su genio se congeló. Fante abandonó la novela por el golf y los bares de Hollywood, y solo cerca de la muerte, ciego por la diabetes, volvió a tomarse en serio la escritura. Percy no logró vencer su indolencia existencial hasta pasada la cuarentena. Ryan Holiday recurre a estos retratos para introducir una advertencia mucho más antigua. Hace veinticuatro siglos, Platón ya describía a quienes se "alimentan de sus propios pensamientos": personas que, en lugar de averiguar cómo lograr lo que desean, se saltan las deliberaciones cansadas sobre lo posible y disfrutan imaginando el desenlace ya conseguido. Prefieren, decía, la ficción apasionada a la realidad concreta. La encarnación histórica del patrón es el general unionista George McClellan. Sobre el papel era irreprochable: West Point, hoja de servicios distinguida, porte regio, estudioso de la historia, adorado por sus hombres. Resultó ser probablemente el peor general del bando norte en una competición muy poblada. Se enamoró de su propia imagen como jefe de un gran ejército. Alucinaba un enemigo cada vez más numeroso incluso cuando disponía de una ventaja de tres a uno. Imaginaba conspiraciones políticas donde no las había. Se paralizaba durante meses esperando el plan perfecto y la campaña única y decisiva que confirmara su grandeza. Dos sureños con una fracción de sus recursos, Robert E. Lee y Stonewall Jackson, lo humillaron una y otra vez. Un historiador que combatió con él en Antietam lo resumió así: su egotismo era, sencillamente, colosal. La novelista Anne Lamott bautizó el fenómeno como emisora KFKD, la radio interna que emite en estéreo sin descanso. Por el altavoz derecho suena la autoexaltación: cuán dotado, especial e incomprendido es uno. Por el izquierdo, el autodesprecio: cada error, cada fracaso, la certeza de ser un impostor incapaz de amor desinteresado. Ambas frecuencias son ego. El psicólogo David Elkind llamó a la versión adolescente "audiencia imaginaria": el chico de trece años convencido de que todo el colegio comenta su ínfimo bochorno, la chica que actúa ante un espejo para un público que no existe. Los adultos nunca terminan de crecer del todo. Nos ponemos los auriculares y suena una banda sonora. Nos subimos el cuello del abrigo y nos imaginamos protagonistas del arranque de una película. Vivir dentro de la película es más cómodo que vivir en la habitación. Eso, sostiene Holiday, es el ego. El contraejemplo es George C. Marshall, que se negó a llevar diario durante la Segunda Guerra Mundial pese a las súplicas de los historiadores. Temía que el diario convirtiera su reflexión en actuación y que le llevara a dudar de decisiones difíciles pensando en cómo quedarían para los lectores futuros. No estaba dispuesto a permitir que su imaginación rodara la película de su vida mientras aún la vivía. Vivir con lucidez y en el presente exige coraje. No hay nadie a quien impresionar: solo trabajo por hacer y lecciones por aprender en lo que verdaderamente sucede alrededor.