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El hacendado de Tulancingo

Jorge Pavez

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El hacendado de Tulancingo

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Jorge Pavez
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Letra: Jorge Luis Pavez Intro — Voz grave, viento y campanas lejanas] Cuentan los viejos del pueblo, cuando la noche cayó, que en Tulancingo hubo un hombre que hasta al diablo desafió. Noventa y nueve haciendas, riquezas y autoridad, pero el hambre de aquel hombre no conocía el final. [Verso 1] Entre los muros de piedra y los campos de algodón, un hacendado mandaba con soberbia y ambición. Tenía un compadre oscuro, de fuego y de oscuridad, que le ofreció mil riquezas con una sola condición: —Podrás conquistar la tierra, ser dueño de cuanto ves, pero si llegás a cien haciendas, tu alma me entregarás después. [Preestribillo — La música comienza a crecer] Pero el oro ciega los ojos, y el orgullo apaga la razón, quiso levantar la centésima y desafió su maldición. [Estribillo — Coros profundos y percusión intensa] ¡Ay, hacendado de Tulancingo! ¿De qué te sirvió tu poder? Si compraste la tierra entera, pero no pudiste vencer. ¡Ay, hacendado maldito! Tu nombre no morirá, cuando relinchen los caballos, tu sombra regresará. Noventa y nueve riquezas, la centésima fue su perdición, ni todo el oro del mundo pudo comprarle salvación. [Verso 2 — Guitarras sombrías] Su hija, flor de la hacienda, a un peón humilde amó, pero el orgullo de su padre aquel romance condenó. La encerró tras los cerrojos, al muchacho hizo callar, y en los pasillos vacíos solo quedó el suspirar. La muchacha perdió el brillo, la alegría se marchó, y el patrón, entre sus riquezas, vio cómo todo murió. [Preestribillo — Voz rasgada] Ni los médicos más sabios, ni las fiestas, ni el dinero, pudieron salvar al hombre de aquel pacto traicionero. [Estribillo — Más potente, con coro] ¡Ay, hacendado de Tulancingo! ¿De qué te sirvió tu poder? Si compraste la tierra entera, pero no pudiste vencer. ¡Ay, hacendado maldito! Tu nombre no morirá, cuando relinchen los caballos, tu sombra regresará. Noventa y nueve riquezas, la centésima fue su perdición, ni todo el oro del mundo pudo comprarle salvación. [Puente — Lluvia, truenos y campanas] Rojo estaba el horizonte, negro se volvió el corral, las campanas de la iglesia comenzaron a repicar. Llevaron su cuerpo al campo, bajo una tormenta feroz, pero la tierra lo expulsaba… ¡ni muerto encontró perdón! Tres veces cayó el ataúd, tres veces volvió a salir, y el pueblo entendió con miedo que aquel hombre no podía partir. [Solo instrumental — Guitarra eléctrica con aire de música regional mexicana] [Verso 3 — Voz grave, casi susurrada] Hoy descansaría, dicen, bajo los arcos de su hogar, donde las sombras caminan cuando la luna no está. Se oyen espuelas de plata, cascos golpeando el corral, y una voz entre las piedras que nadie quiere escuchar. Si pasás por Tulancingo y la noche cubre el lugar, no preguntes por el dueño ni su nombre quieras llamar. [Estribillo final — Coro épico y máxima intensidad] ¡Ay, hacendado de Tulancingo! Se terminó tu poder, ni tus tierras ni tus tesoros te pudieron proteger. ¡Ay, hacendado maldito! Condenado a vagar, por querer tenerlo todo, nunca pudiste descansar. Noventa y nueve haciendas, la centésima fue su perdición, y entre relámpagos y sombras sigue penando su ambición. [Outro — Solo voz grave, campanas y viento] Si escuchás cascos en la noche… si las campanas suenan sin razón… no mires detrás de los arcos… Es el hacendado… que todavía paga su ambición.