Relato El Guardian del Castillo de Valverde de la Vera
Pepe Valverde de la Vera
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Relato El Guardian del Castillo de Valverde de la Vera
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Pepe Valverde de la Vera
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Relato para una noche de San Juan, historia, ¿ficción? e imágenes para el recuerdo de personas que ya no están
El guardián del Castillo
Cuando éramos chicos nos gustaba ir a los portales de la plaza a estar con los grandes o a sentarnos junto a los abuelos que en la vieja poyata del ayuntamiento nos contaban historias del pueblo, a veces cosas de abuelo cebolleta. Uno de ellos, el más parlanchín, me conto que siendo él un renacuajo recordaba lo mucho que en aquel invierno de 1895 había llovido en Valverde. Tantas fueron las aguas que cayeron durante marzo y abril de aquel año que el viejo castillo de los Zuñiga se vino abajo. Los muros del este y del sur, los más bonitos y vistosos, se derrumbaron y taparon el nuevo cementerio que se había construido a su alrededor y detrás de la iglesia de la Virgen de Fuentes Claras. Los techos de tres de sus plantas y el tejado se amontonaron en el centro del castillo llenándolo de escombros y maderas. Aquel entrañable anciano me relató que con ello se perdió el baile donde se conocieron sus padres, en la que era la sala noble del castillo, la más alta y con suelos de madera, que hacia retumbar aún más el sonido del acompasado bailoteo. Esa sala era el lugar donde se divertían los mozos y la mozas los días de fiesta del invierno, siempre ante la atenta mirada del cura, para que no se arrimaran más de la cuenta las parejas al bailar. Y todo ello a pesar de que era un poco peligroso ya que el castillo ya llevaba muchos años abandonado y amenazaba ruina.
También me contó la historia de Juan, un buhonero de largas barbas blancas que había llegado a Valverde en busca de un tesoro que decía estaba oculto en los sótanos del castillo. Aseguraba haber encontrado un pasadizo secreto desde una casa del Altozano que llevaba hasta un tesoro y que nadie aún ha podido descubrir, ni tampoco, el túnel por el que decía iba hasta el sótano del castillo, sin ser visto por nadie, pero del que nadie puede asegurar que pudiera existir. Aun así cuentan que por aquellos días el buhonero presumía enseñando un puñado de monedas algunas de ellas de 10 maravedís de plata, que decía había encontrado en ese lugar.
Sea como sea, al derrumbarse el castillo la noche de San Juan de 1895, se puso fin a esa leyenda y a la posibilidad de saber si el buhonero decía la verdad y si ese tesoro realmente pudo existir. Lo que si me aseguró en su relato aquel anciano, es que desde esa misma noche nadie volvió a ver a Juan el buhonero de las largas barbas blancas.
En cambio, no hay mal que por bien no venga, pues con el derrumbe, hubo un tesoro inesperado para los vecinos de Valverde, ya que las piedras caídas de los muros del castillo, tuvieron que retirarse para poder hacer sitio al cementerio, y pudieron ser utilizadas para reforzar algunas casas de la Villa o construir fuertes y gruesos muros para cerrar las huertas.
Con el tiempo las ruinas del viejo castillo fueron colonizadas por cientos de negros grajos y su interior fue invadido de zarzas y maleza; incluso nació en el centro de lo que hoy es el escenario del castillo, una enorme higuera por la que los chavales trepábamos hasta la gran ventana de la doncella para mirar los maravillosos atardeceres o como se escondía el sol sobre el monte de las Llanás. Aunque sí que es cierto que por alguna razón, cuando empezaba a anochecer, bajábamos rápido y nos marchábamos del castillo y del cementerio, pues nos habían contado, que a veces desde las ruinas se oían golpes e incluso lamentos que parecían como de alguien que quería salir de entre los escombros. Y aún había más, también me contó el anciano que en la noches de San Juan cuando la luna está alta, hay quienes aseguran haber visto una sombra merodeando por las ruinas al tiempo que se oyen sonidos de puertas. Es como si de un guardián se tratara, como si alguien quisiera guardar el tesoro del buhonero Juan.
Yo nunca creí la historia de aquel anciano, pero hace unos años, un día tal como hoy, dando un paseo, me pare para hacer una foto de la enorme luna que parecía estar posada sobre el mirador del castillo y de repente, al mirar a través de una aspillera, (esa ventana rara que está al lado de la puerta del castillo, casi en el suelo, larga, estrecha y que acaba en un redondel, que usaban los antiguos para disparar las flechas cuando les atacaban) vi una extraña sombra que me erizo la piel. La sombra parecía estar sentada, como descansando en las escaleras que suben al escenario y cuya silueta dibujaba un hombre mayor con largas barbas, a la par que empecé a escuchar unos extraños y agudos lamentos. Con muchos nervios, a la vez que curiosidad, conseguí sin dejar de castañetear mis dientes y sin ser visto por el espectro, sacar una foto y sin pararme a mirar que tal había salido, me marche corriendo, sin mirar atrás y zurraspaito de miedo.
Desde entonces nunca paso solo de noche por este lugar en la noche de San Juan, no sea que vuelva a encontrarme con el guardián del castillo.
@Pepe_Casado