era Noche De LLUVIA | RELATOS ESCALOFRIANTES
Ocultix
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era Noche De LLUVIA | RELATOS ESCALOFRIANTES
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Era noche de lluvia. No una lluvia suave y tranquila que invita al sueño, sino una tormenta violenta, de esas que parecen querer arrancar los techos de las casas y arrastrarse por debajo de las puertas. El cielo, de un negro absoluto, se rasgaba de vez en cuando con el destello blanco y frío de un relámpago, seguido segundos después por el estruendo de un trueno que hacía vibrar los cristales de las ventanas.
En medio de esa soledad acuática, existía una vieja casona de dos pisos, ubicada a las afueras de un pueblo olvidado por los mapas. La casa era de madera oscura y ladrillo viejo, con un tejado puntiagudo que parecía querer clavarse en las nubes. Allí vivía Julián, un hombre de unos 40 años, escritor de profesión, quien había alquilado el lugar precisamente buscando el silencio y la inspiración que la ciudad no le daba. O al menos, eso creía él, que buscaba.
Esa noche en particular, Julián se encontraba solo. Su asistente se había ido temprano por la carretera principal, advirtiéndole que el clima se pondría feo, pero él había insistido en quedarse. Tenía que terminar un capítulo.
El reloj del pasillo marcaba las 11:15 PM.
Julián estaba sentado frente a su máquina de escribir, en un amplio estudio en el segundo piso. El único sonido que debería haber existido era el clac-clac- de las teclas y el ruido de la tormenta afuera. Pero había algo más. Algo que al principio parecía parte de la lluvia, pero que poco a poco fue tomando forma.
Alguien tocó a la puerta.
Se detuvo. Dejó de escribir. Frunció el ceño.
—¿Quién será a esta hora? —murmuró, mirando hacia la ventana empañada.
Se levantó de la silla y caminó hacia el pasillo. Las tablas del suelo crujían bajo sus pies, un sonido familiar, pero esa noche sonaban diferentes, más quejumbrosos. Bajó las escaleras lentamente. El pasillo estaba iluminado solo por una lámpara de pared con una bombilla parpadeante.
Volvieron a tocar la puerta.
El sonido venía de la puerta principal. Golpes secos, firmes, pero no desesperados. Tres golpes, una pausa, y luego tres golpes más.
Julián llegó al recibidor. Agarró el grueso abrigo de lana que estaba en el perchero, pues el frío de la noche se había colado dentro de la casa, helando el ambiente. Se acercó a la mirilla, pero el vidrio estaba empañado por la condensación del calor interior y el frío exterior. Limpió con el dedo y asomó un ojo.
No había nadie.
Solo la oscuridad absoluta y la lluvia cayendo con furia sobre el camino de grava que llevaba a la entrada.
— No hay nadie... debe ser una rama —murmuró, intentando convencerse a sí mismo.
Pero sabía que no era una rama. Las ramas golpean de forma irregular, arrastran, frotan. Esto eran golpes humanos. Rítmicos. Decididos.
Julián no abrió. Tenía un mal presentimiento. Dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras de nuevo, intentando ignorar lo sucedido. "El estrés, la falta de sueño", pensó. "Estoy imaginando cosas".
Regresó a su estudio, cerró la puerta detrás de él y se sentó nuevamente. Intentó concentrarse, pero su corazón latía un poco más rápido de lo normal. Pasaron veinte minutos... El silencio volvió, roto únicamente por el vendaval.
Entonces, ocurrió algo que heló la sangre en sus venas.
No fue en la puerta principal. Esta vez, el sonido estaba dentro de la casa.
Pasos.
Pasos pesados, lentos, que resonaban en el piso de abajo. (pasos )... Alguien o algo estaba caminando por la sala.
Julián se quedó petrificado. Sus dedos se congelaron sobre las teclas. Contuvo la respiración.
—¿Hola? —gritó, intentando sonar valiente, aunque su voz salió temblorosa—. ¿Hay alguien ahí?
Nadie respondió. Pero los pasos se detuvieron.
Un segundo después, escuchó algo que lo hizo sudar frío: el sonido de la barandilla de la escalera siendo recorrida por una mano.... Como si alguien estuviera subiendo, despacio, disfrutando el miedo de su presa.
Cada escalón que subían, la madera gemía. Julián miró hacia la puerta de su estudio. La puerta comenzó a abrirse lentamente.
De pronto se detuvo. Julián recordó que la había cerrado con llave al entrar...
... Hubo un silencio absoluto, tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Incluso la lluvia pareció detenerse por un instante.
Y entonces, justo del otro lado de la puerta, una voz. Una voz rasposa, húmeda, como si quien hablara tuviera los pulmones llenos de agua.
—Sé que estás ahí... Julián.
Él no había dicho su nombre en voz alta. Nadie en esa casa lo conocía por su nombre completo excepto él mismo.
—¿Qué quieres? —dijo Julián, retrocediendo hasta chocar con su escritorio—. ¡Largo de aquí! Llamaré a la policía.
—La policía... —se burló la voz, resonando no solo desde la puerta, sino de todas partes, como si las paredes hablaran— ...no pueden entrar aquí. Nadie puede entrar... y nadie puede salir. No en una noche como esta...
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