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Dixie Lee: Renunció a Todo para Hacer de Bing Crosby una Leyenda… y Él la Olvidó

GLORIA Y CAÍDA

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Dixie Lee: Renunció a Todo para Hacer de Bing Crosby una Leyenda… y Él la Olvidó

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GLORIA Y CAÍDA
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"Vas a tener que mantenerlo por el resto de tu vida." Según la revista Time, esa fue la advertencia que un productor de Hollywood le hizo en mil novecientos treinta a una joven estrella de cine. Ella tenía contrato con uno de los grandes estudios y su nombre iba arriba en los carteles. Él era un cantante de orquesta que casi nadie conocía, con fama de beber demasiado y de llegar tarde a todo. Ella no hizo caso. Se casó con él. Veintidós años después, ese cantante desconocido era uno de los hombres más famosos del planeta: Bing Crosby, la voz de Blanca Navidad, el rostro más querido de la radio y el cine de su tiempo. Y la mujer que supuestamente iba a tener que mantenerlo se estaba muriendo en silencio, en una mansión de Los Ángeles, con un apellido que ya no era el suyo. Esta es la historia de cómo una estrella se apagó para que otra brillara. Su nombre de nacimiento era Wilma Winifred Wyatt. Nació en Harriman, Tennessee, un pueblo construido, literalmente, para que el alcohol no entrara nunca. El mundo del cine la conoció como Dixie Lee. Antes de cumplir veinte años ya era una estrella de la Fox: cantaba, bailaba, y su nombre aparecía en letras grandes mientras el de aquel cantante de orquesta se escribía casi como un detalle. Cuando se casaron, en mil novecientos treinta, ella era la vedette y él, el acompañante. Y entonces todo se invirtió. Bing explotó en la radio y en el cine. Ella tuvo cuatro hijos, dejó los rodajes, y poco a poco se fue quedando en casa. Rodó su última película en mil novecientos treinta y cinco y no volvió nunca a una pantalla. La mujer que había sido más famosa que su marido se convirtió en "la señora Crosby": la esposa tímida que casi nunca aparecía. Lo que el público no sabía es todo lo que esa casa escondía. Detrás de la imagen del cantante más querido de América había una familia que su propio hijo mayor, Gary, describiría décadas después en unas memorias que fueron un escándalo. Otros miembros de la familia lo desmintieron, y aquí conviven las dos versiones. Pero lo esencial nadie lo discute: mientras el nombre de él llenaba el mundo, el de ella se apagaba, en silencio. En octubre de mil novecientos cincuenta y dos, Dixie estaba en cama tras una operación. Los médicos le habían prohibido levantarse. Pero su marido volvía