02 - El arte de acertar en el siglo propio
El Súmmum de la Síntesis
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El Súmmum de la Síntesis
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La primera advertencia de este tramo es moral, y Gracián la formula sin rodeos: monstruosa violencia fue siempre un buen entendimiento casado con una mala voluntad. La intención malévola envenena las perfecciones, y ayudada del saber corrompe con mayor sutileza. Ciencia sin seso, concluye, es locura doble. Es una salvedad importante en un libro que va a enseñar durante doscientas ochenta páginas a manejar a los demás.
De ahí pasa a la táctica. No obres siempre del mismo modo, porque la uniformidad te delata: fácil es matar al vuelo el ave que va derecha, no la que tuerce. Pero tampoco obres siempre de segunda intención, que a la segunda vez te entienden la treta. Nunca juega el tahúr la carta que el contrario espera, y menos la que desea.
Después viene una regla que desmonta la fantasía del talento puro. No hay eminencia sin aplicación, y una medianía que trabaja consigue más que una superioridad que no. La reputación se compra a precio de trabajo, y poco vale lo que poco cuesta. Con esa misma sobriedad desarma la ambición mal calculada: contentarse con ser mediano en lo sublime pudiendo ser excelente en lo ordinario no tiene excusa.
Uno de los aforismos más útiles de todo el libro está aquí: no entrar con sobrada expectación. Lo muy celebrado de antemano casi nunca llega a la altura de lo imaginado, porque fingirse las perfecciones es fácil y conseguirlas dificilísimo. La imaginación se casa con el deseo y concibe siempre más de lo que las cosas son, de modo que cuando llega la realidad, más pronto desengaña que admira. La esperanza es gran falsificadora de la verdad. Procura, dice, que sea superior la fruición al deseo: mejor sale quien es más de lo que se creyó.
También aparece aquí la mecánica de la persuasión que Gracián maneja con más frialdad. Hallarle su torcedor a cada uno es el arte de mover voluntades, y consiste más en destreza que en resolución. No hay voluntad sin especial afición: todos son idólatras, unos de la estimación, otros del interés y los más del deleite. Conocer ese ídolo particular es tener la llave del querer ajeno. Y advierte que hay que ir al primer móvil, que rara vez es el más elevado.
Cierra el bloque con dos exigencias que equilibran lo anterior. La primera es la profundidad: no consiste la perfección en la cantidad sino en la calidad, todo lo muy bueno fue siempre poco y raro, y entre los hombres los gigantes suelen ser los verdaderos enanos. Critica a quienes estiman los libros por su corpulencia, como si se escribieran para ejercitar los brazos antes que los ingenios; quien quiere estar en todo acaba no estando en nada.
La segunda es la entereza, y la describe casi como una especie en extinción. El varón entero está siempre de parte de la razón, con tal tesón que ni la pasión del vulgo ni la violencia del tirano le hacen pisar la raya. Muchos la celebran, pero no en su casa; otros la siguen hasta el peligro, y en el peligro los falsos la niegan y los políticos la disimulan. Él prefiere la tenacidad a la sagacidad, y si deja a alguien no es por variedad suya, sino porque el otro dejó la verdad primero.