Más allá de la ciencia: la pregunta por el sentido último
Claudio Bollini
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Más allá de la ciencia: la pregunta por el sentido último
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Claudio Bollini
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La ciencia puede ayudarnos a comprender cómo funciona el universo, cómo surgieron sus estructuras y qué procesos gobiernan la naturaleza. Pero ¿puede responder también para qué existe todo? ¿Puede descubrir si la historia del cosmos y nuestra propia vida poseen un sentido último?
En esta reflexión (que se grabó como una conclusión de los temas abordados durante el curso que "Ciencias Positivas y Religión" que dicté para la Diplomatura en Enseñanza Religiosa Escolar (ERE) en el Instituto María Auxiliadora), recorremos algunos de los grandes temas donde las ciencias exactas tocan sus propios límites: los modelos matemáticos y físicos: la física cuántica, la cosmología, la entropía y el ajuste fino.
No procuramos acumular conocimientos, sino preguntarnos qué mirada sobre la realidad puede nacer de ellos. Reconocer los límites de la ciencia no significa despreciarla ni recurrir a un Dios “tapa-agujeros”. Significa comprender que la realidad es siempre más rica que nuestras teorías y que la razón, siendo verdadera y fecunda, no puede encerrarlo todo dentro de sus propias fórmulas. Una razón cerrada sólo acepta aquello que puede medir y verificar; una razón abierta investiga con rigor, pero reconoce también que existen preguntas sobre el fundamento, el sentido y el destino último que exceden el método científico.
Esta pregunta atraviesa también nuestra vida cotidiana. Conocemos muchas veces las causas de lo que sucede, pero ignoramos qué lugar ocupará cada acontecimiento dentro de la trama completa de nuestra historia. Una palabra de aliento, un perdón, una escucha paciente o un pequeño gesto de bondad pueden desencadenar consecuencias que nunca llegaremos a conocer. Como en el llamado “efecto mariposa”, vemos apenas el comienzo de una cadena cuyo alcance nos supera.
La fe cristiana anuncia que nada de ese entramado escapa a la mirada de Dios. Esto no significa que Él quiera el mal ni que suprima nuestra libertad, sino que ningún sufrimiento, fracaso o desvío tiene necesariamente la última palabra. Dios puede abrir caminos de gracia incluso allí donde nosotros sólo vemos fragmentación y desconcierto.
El centro de esta esperanza se encuentra en la Pascua de Jesús. En su muerte y resurrección, el mal deja de ser la palabra definitiva y queda abierto a la fuerza transfiguradora del amor. El sentido total de nuestra vida y de la creación sólo se manifestará plenamente al final, cuando toda la historia sea recapitulada en Cristo.
Mientras tanto, estamos llamados a sembrar con fidelidad, aunque no podamos contemplar todavía la cosecha completa. Una razón verdaderamente abierta sabe preguntar, discernir y buscar con rigor, pero también sabe esperar. Porque el libro de la historia aún no ha terminado de escribirse.