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Fuego Moreno - Hamilthon de la Espriella

Hamilthon de la Espriella

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Fuego Moreno - Hamilthon de la Espriella

149 просмотров · 7 дней назад
Hamilthon de la Espriella
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Hay canciones que no nacen en un estudio, sino en la calle, cuando la vida decide regalarte una gran historia. Todo empezó una tarde de verano en Sevilla, mientras descansaba en una banca de madera bajo la sombra de los naranjos. El calor pegaba fuerte cuando se acercó una señora mayor a pedirme permiso para sentarse junto a su esposo, a quien le costaba caminar. Le ayudé a acomodarse y ella, abanicándose, empezó a quejarse un poco del sol, aunque entre risas aclaró que prefería mil veces el calor antes que el frío. Conversando, me contó con resignación que su esposo había sufrido un ictus tres años atrás y que desde entonces no podía hablar. Yo la escuchaba con respeto mientras fingía mirar a unos niños que jugaban enfrente. En eso pasó un vendedor de helados y la señora se levantó a comprar dos. Me ofreció uno con cariño, pero por pena le dije que no. Ella caminó hacia el puesto y, en ese instante en que nos quedamos solos, ocurrió algo que me dejó helado. El anciano giró despacio la cabeza, me miró fijamente y, con una voz perfectamente clara, me dijo: "Esa mujer, de joven, era la más guapa de toda Sevilla. Yo la sigo viendo igual de hermosa, pero entiendo que tus ojos no son los mios." ¡Imagínense mi cara! ¿No se suponía que llevaba tres años sin decir palabra? Atónito, solo me salió darle una sonrisa cómplice. Esa fue la llave para que comenzara a soltar su secreto. Me confesó que no era de España, sino de un pueblito de Italia. A los veinticuatro años decidió viajar y el destino lo plantó en Sevilla. Hacía un calor infernal y el único bar despejado era donde ella atendía. Le pidió una bebida sonriendo como un tonto porque su español era pésimo. Ella lo miró y le dijo: "Tu sonrisa es más fresca que cualquier cosa que te puedas tomar para este calor." Se pasaron la tarde hablando. Cuando atardeció, él le dijo que debía ir al hostal, pero que al cerrar podían tomar algo. Ella se rio: "¿Tomar más? ¡Si me paso el día viendo copas! Vamos a caminar, yo seré tu guía." Él voló al hostal, se registró en veinte minutos y se devolvió al bar. Pero como le dio vergüenza entrar para que no pensara que era mentira, se quedó en la acera esperando desde las ocho hasta las diez que ella cerrara. Dos horas parado aguardando. Al salir, ella lo tomó del brazo y se lo llevó a recorrer la ciudad: el Barrio de Santa Cruz, la Plaza de España, el Guadalquivir... Ella hablaba sin parar y él no entendía la mitad, pero se sentía el hombre más afortunado del mundo. Al día siguiente fue temprano al bar, le ayudó a barrer, a botar basura, a subir cajas... y desde ese día jamás se volvió a ir de Sevilla. Llevaba cincuenta y seis años en la ciudad y cincuenta y seis años con esa mujer. Al terminar, me sonrió, miró al horizonte, dio un suspiro y volvió a quedar rígido y en silencio, tal como lo vi al principio. Justo en ese momento regresó la señora con los helados, acompañada por sus hijos y nietos que venían a alcanzarlos. La mujer, viendo a su familia reunida, me miró con orgullo y me dijo: "Mira... los tesoros que él encontró en Sevilla." En ese preciso segundo nació la semilla de esta historia. Llegué al hotel, tomé libreta y papel, y escribí la canción.