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Llamaron "loco" a su plan... hasta que su hélice derribó un avión japonés a 38.000 pies de altura.

Rincones Oscuros de la Guerra

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Llamaron "loco" a su plan... hasta que su hélice derribó un avión japonés a 38.000 pies de altura.

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Rincones Oscuros de la Guerra
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Seis ametralladoras pesadas completamente congeladas; ni una sola bala podía salir. En la estratosfera, a cincuenta grados bajo cero, usó su hélice de aluminio como si fuera una sierra, destrozando el estabilizador vertical del enemigo tras tres impactos. Esta es, quizás, la única victoria por embestida con hélice registrada en la historia de la aviación militar por encima de los 35.000 pies. Una interceptación al límite del suicidio que salvó la vida de ochocientos marineros. 10 de mayo de 1945, frente a las costas de Okinawa. El avión de reconocimiento japonés de alta cota, un Ki-45 "Nick", aparecía puntualmente cada día. Fotografiaba las coordenadas de la flota estadounidense y se marchaba sin dejar rastro. Seis horas después, los aviones Kamikaze descendían con una precisión letal gracias a esos datos. Los cazas F4U Corsair no podían alcanzar semejante altitud y sus armas se congelaban por el frío extremo a diez mil metros. Era un dilema prácticamente sin solución. Hasta que aparecieron el capitán Kenneth L. Reusser y el teniente Robert R. Klingman. Desmontaron el blindaje, quitaron la radio y eliminaron todo equipo innecesario. Intercambiaron trescientas libras de peso por mil quinientos pies adicionales de techo de vuelo, llevando sus Corsairs a altitudes para las que nunca habían sido diseñados. Y entonces, a 38.200 pies de altura, acorralado sin munición, con las ametralladoras congeladas y sin comunicaciones, Klingman tomó una decisión desquiciada: usar su propia hélice para cortar al enemigo. Este es el combate aéreo más increíble del frente del Pacífico en la Segunda Guerra Mundial; la leyenda de dos pilotos de la Infantería de Marina que, negándose a ver morir a sus compañeros, escribieron la historia con puro valor y valentía.