LIBRO DE ESTER CAPÍTULO 3
RMA
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LIBRO DE ESTER CAPÍTULO 3
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LIBRO DE ESTER. CAPÍTULO 3
En el corazón del imperio persa, un hombre recibirá honores extraordinarios, mientras otro se negará a inclinarse ante él. Lo que comienza como un conflicto entre dos hombres pronto se convertirá en una amenaza contra todo un pueblo. Mediante el orgullo, una decisión real y un decreto sellado con autoridad, se pondrá en marcha un plan cuya gravedad alcanzará a todos los judíos del reino.
Después de estos acontecimientos, el rey Asuero engrandece a Amán, hijo de Hamedata, descendiente de Agag. Lo eleva por encima de todos los príncipes que están con él y le concede un lugar de honor en la corte persa. Su posición se vuelve extraordinaria, pues el propio monarca ha decidido distinguirlo entre los servidores del reino. En el palacio, su autoridad queda reconocida por el favor real, y su presencia adquiere una importancia que alcanza a quienes sirven en las puertas del rey y a todos los funcionarios sometidos a sus órdenes.
Por mandato del rey, todos los servidores que se encuentran a la puerta del palacio deben inclinarse y rendir homenaje a Amán cuando pasa ante ellos. La orden establece una conducta obligatoria para quienes trabajan en aquel lugar, y los servidores cumplen lo dispuesto por el monarca. La autoridad de Amán se manifiesta en ese gesto de reverencia que se repite ante su presencia. Entre los hombres que permanecen a la puerta está Mardoqueo, el judío, cuya actitud será distinta de la de los demás, aunque la orden real se extiende también hasta él.
Mardoqueo no se inclina ni rinde homenaje a Amán. Su negativa destaca entre los servidores que obedecen el mandato del rey, y quienes están a la puerta advierten lo que hace. Día tras día, la orden permanece vigente, pero Mardoqueo continúa sin doblarse ante el alto funcionario. Su conducta no pasa inadvertida para quienes conocen el mandato real, y la diferencia entre su actitud y la del resto de los servidores se convierte en motivo de atención. La puerta del rey, lugar de servicio y autoridad, es ahora el escenario de una tensión que todavía no ha llegado ante el propio Amán.
Los servidores del rey preguntan a Mardoqueo por qué desobedece la orden del monarca. Le hablan repetidamente, queriendo saber la razón de su conducta, pues el mandato exige que todos se inclinen ante Amán. Mardoqueo escucha sus preguntas, mientras ellos continúan observando que no realiza el gesto exigido. La cuestión deja de ser una conducta aislada que pasa inadvertida y se convierte en un asunto que los otros servidores desean aclarar. La orden real es conocida, y la negativa de Mardoqueo resulta cada vez más evidente para quienes comparten con él aquel lugar de servicio.
Como los servidores insisten en preguntarle día tras día, Mardoqueo les declara que es judío. Su respuesta identifica el origen de su conducta y revela la pertenencia a un pueblo cuya identidad él no había dado a conocer anteriormente en la corte. Los servidores reciben así una explicación de por qué no se inclina ante Amán. Sin embargo, la declaración no pone fin a las preguntas ni elimina la tensión que rodea el mandato real. La diferencia entre la obediencia exigida por el rey y la decisión de Mardoqueo queda ahora vinculada explícitamente a su condición de judío.