Перейти к содержимому

Parabola del fariseo y el publicano

Su Palabra Transforma

0:00 / 0:00

Parabola del fariseo y el publicano

70 просмотров · 2 нед. назад
Su Palabra Transforma
13 подписчиков
70 просмотров · 2 нед. назад
Esta parábola (Lucas 18: 9–14) solo se entiende bien cuando sabes quiénes eran estos dos hombres y qué representaban en la sociedad judía del primer siglo. Quiénes eran los fariseos Los fariseos eran un grupo religioso y social muy influyente en el judaísmo del tiempo de Jesús. Se dedicaban principalmente a: Estudiar, enseñar y guardar la Ley de Moisés con gran precisión. Transmitir tradiciones orales sobre cómo aplicar la Ley en la vida diaria. Separarse de todo lo que consideraban impuro o pecaminoso, incluyendo ciertas relaciones con gentiles y pecadores públicos. Eran respetados por el pueblo como modelos de piedad: oraban mucho, diezmaban meticulosamente y evitaban pecados visibles. Por eso, en la mente de muchos, “fariseo” era sinónimo de “persona justa y espiritual”. El problema no era su devoción en sí, sino que muchos confiaban en esa devoción para justificarse delante de Dios y menospreciar a otros. Jesús no condena la obediencia a la Ley, sino el orgullo espiritual y la autojustificación. Quiénes eran los publicanos Los publicanos eran recaudadores de impuestos al servicio del Imperio romano. Su trabajo consistía en: Recoger impuestos del pueblo judío para Roma. A menudo, añadir cobros extras para su propio beneficio, ya que Roma les pagaba mediante comisiones o les permitía quedarse con parte de lo recaudado. Por esto, eran vistos como: Traidores a su propio pueblo (colaboraban con el ocupante romano). Pecadores públicos y deshonestos, asociados con extorsión y robo. Un publicano difícilmente era aceptado en la sinagoga o en círculos religiosos respetables. Cuando un fariseo y un publicano aparecen juntos, el contraste social y espiritual es máximo: uno es el “santo” reconocido; el otro, el “pecador” despreciado. Por qué Jesús usa estos dos personajes Jesús cuenta esta parábola “a unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros”. Elige deliberadamente: Un fariseo: representante de la justicia religiosa aparente. Un publicano: representante del pecador notorio, sin estatus espiritual. Y luego invierte las expectativas: El que todos darían por justificado (el fariseo) sale condenado por su orgullo. El que todos darían por perdido (el publicano) sale justificado por su humildad. La parábola no enseña que ser fariseo sea malo y ser publicano sea bueno por oficio. Enseña que: La justicia delante de Dios no viene de tu rol religioso ni de tus obras visibles. Viene de reconocerte pecador y clamar: “Dios, ten misericordia de mí”. 👉​ Suscríbete y da clic en la campanita para que recibas una notificación cuando subamos un nuevo video con la palabra de Dios.