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Romper el Silencio | "Que alguien me escuchara"

Rufino Varela | Newman

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Romper el Silencio | "Que alguien me escuchara"

8 просмотров · 4 ч назад
Rufino Varela | Newman
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Cuando recibí su mensaje privado y posterior llamado entendí que algo importante sucedía para semejante pedido. "Hola Rufino, necesito saber cuánto cobra la hora de viaje". Intenté explicarle una y otra vez que no se cobraba por tiempo sino por el recorrido a realizar y dependiendo de la demanda del momento. Fue cambiando su pregunta hasta colocarme en una situación impensada aunque enseguida entendí su deseo y necesidad. "No tengo que ir a ningún lado, sólo quiero hablar con Ud." Lejos de evadir la situación propuse encontrarnos en un bar o en casa y tomar un café junto a Mariu. "Le agradezco pero prefiero contratarlo como chofer el tiempo que considere necesario. Es la única forma que podré pagarle por su tiempo". Mi desconcierto era aún mayor. Insistí en encontrarnos café de por medio pero su posición fue entonces casi un reto. "Me encantaría pero de esa forma no me cobraría y no me sentiría a gusto. Ud. no puede seguir usando su tiempo gratuitamente para ayudar a otros, es lo que viene haciendo desde que lo sigo a fines de 2016" En cierta forma su observación me había fastidiado y estuve a punto de dar por terminada la comunicación. "No se ofenda Rufino pero créame que es así. Si me tomé el trabajo de escribirle y llamarlo insistentemente es porque necesito algo de Ud." Todavía no sabía el motivo de su necesidad en hablar conmigo y el diálogo sobre nuestras diferentes posiciones se tornaba más intenso. "Mi tiempo lo utilizo como prefiero. Me gusta ayudar a quien quiero. No todo es dinero Sra." Ya en una postura de madre o jefa brava me replicó con contundencia: "Sabiendo que encontrándonos en un bar o en su casa, café de por medio, no me sería posible pagarle por su tiempo decidí contratarlo como chofer y abonar por mi viaje como todos los pasajeros que afirma haber trasladado. No puede decirme que no Rufino". Confieso que la charla era una mezcla de sorpresa, confusión, dudas y misterio. Sabía que me había puesto en jaque y cualquier excusa que intentara sería refutada inmediatamente. "Esta bien pero a dónde la llevo". "A dónde Ud. decida. Ya averigué en mi remisería de confianza cuánto se cobra por kilómetro". Volví a pensar que era un chiste hasta que al día siguiente a las 14.15 apenas saludó y se acomodó en el asiento trasero me ordenó que pusiera el kilometraje en cero antes de mover el auto. Dudando acepté elegir el rumbo hacia Pilar mientras comenzaba su charla. Habían pasado no más de veinte minutos cuando me pidió que parase en la estación de servicio de la autopista para comprar unos caramelos. Al regresar subió adelante. ¿Quiere uno? No gracias. Con la incertidumbre creo que lógica seguí el recorrido incierto a no más de ochenta kilómetros por hora mientras su relato conmovedor se convertía minuto a minuto en puro dolor, tristeza e impotencia. Cuando me quise acordar habíamos llegado a Quilmes y nuevamente proponía que volviéramos a Pilar. Casi tres horas desde nuestra partida y sabía que aún faltaba lo más complicado. Me estremeció percibir tanta angustia y sufrimiento en esa educada señora de sesenta y pico. "Nadie sabe de esto Rufino. Son muchos años de casada. Hijos, nueras, yernos, nietos, familia, amistades, vecinos, ..." ¿Imagina el escándalo? Sentí que ya no sólo quería escucharla. Quebrada en llanto aguanté el impulso de abrazarla respetando la distancia hasta que fueron secando sus lágrimas. "No quiero seguir viviendo de apariencias Rufino. Nuestra super casa, los autos, el barco, los viajes, ..., todo lo tapa." El tiempo había volado y después de insistir varias veces aceptó que hiciéramos una final parada. Desahogada, tranquila y con una sonrisa que intentaba escaparse de sus pómulos fuimos acercándonos a su lastimado hogar. Un rápido maquillaje para esconder las penas mientras me preguntaba los kilómetros recorridos. Quise ponerlos en cero pero me advirtió que ya los había visto en el último semáforo. Abrió su cartera y le pedí que no lo hiciera. Volvió a enojarse y en la calculadora de su teléfono hizo su cuenta. Se tomó su tiempo. Humedeció el borde con sus labios y me entregó un sobre cerrado. ¿Podemos hacer otro viaje igual la semana próxima? Le pedí que me mirara a los ojos y que me permitiera recomendarle un buen abogado y una mejor ayuda que la mía. "Sólo necesitaba que alguien me escuchara Rufino". Sentí su alivio que también fue mío. Ya no le temblaban las manos al despedirnos.