Reflexionando... la tristeza de la perdida
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Reflexionando... la tristeza de la perdida
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La pérdida no siempre llega sola. A veces trae consigo los dolores antiguos, esas heridas de la infancia que aprendimos a esconder detrás de una sonrisa, del silencio o de la costumbre de aparentar fortaleza.
Cuando alguien se va, no solo extrañamos su presencia; también se despiertan todos los abandonos que creíamos superados, todas las veces que sentimos que no éramos suficientes, que nadie se quedaría, que amar significaba perder. La tristeza se convierte entonces en un eco profundo, capaz de atravesar el presente y tocar aquello que aún duele desde hace tantos años.
Pero llorar no es retroceder. Sentir nuevamente no significa que hayamos fracasado en sanar. A veces, la pérdida simplemente ilumina rincones que necesitaban ser vistos con ternura. Y aunque el dolor parezca demasiado grande, también puede enseñarnos a abrazar al niño que fuimos, a decirle que ya no está solo, que merece amor, cuidado y permanencia.
Hay heridas que no desaparecen de un día para otro, pero con el tiempo dejan de gobernarnos. Se transforman en memoria, en comprensión, en una forma más profunda de amar y de cuidarnos. Porque incluso en medio de la tristeza, seguimos aprendiendo a reconstruirnos con los pedazos de todo lo que alguna vez perdimos.
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