El Montaraz Del Valle| Música Medieval Oscura
LAS CRÓNICAS DE ÚLFAR
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El Montaraz Del Valle| Música Medieval Oscura
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LAS CRÓNICAS DE ÚLFAR
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Dicen que vino de las llanuras verdes, de un pueblo pequeño bañado por el sol… pero un día cruzó el camino y jamás volvió de la misma manera.
“El Montaraz de las Llanuras Verdes” es una balada medieval oscura sobre un viajero sin nombre, un hombre de pocas palabras, barro en las botas y una espada marcada por el camino. No busca gloria, no acepta coronas y no presume de honor, pero cuando la noche trae problemas, él ya sabe dónde estar.
Una historia de taberna, lluvia, aldeas olvidadas, bestias en el bosque, viejos pactos, sangre seca en la espada y esa maldita costumbre de no saber mirar atrás.
Si te gustan las canciones de fantasía oscura, los montaraces, los cazadores de monstruos, las historias medievales y las baladas épicas con alma de taberna, esta canción es para ti.
Las Crónicas de Úlfar
Letra:
Dicen que vino de las llanuras verdes,
de un pueblo pequeño bañado por el sol,
donde los campos olían a lluvia
y los viejos hablaban de espada y honor.
Nadie sabe bien cuándo se marchó,
ni qué dejó enterrado en su tierra,
solo que un día cruzó el camino
y jamás volvió de la misma manera.
Entró mojado en la vieja taberna,
con barro en las botas y cara de pocos amigos,
pidió una jarra, pan y silencio,
y se sentó apartado de todos.
Los borrachos midieron su altura,
los fanfarrones quisieron hablar,
pero algo en sus ojos decía:
“mejor no me hagas levantar”.
Fuera, una madre lloraba en la lluvia,
su hijo no había vuelto del trigal,
y en el bosque, entre ramas torcidas,
algo esperaba al caer la oscuridad.
El tabernero habló de monedas,
de bestias, de bandidos, de muerte y temor,
el montaraz apuró la copa
y preguntó: “¿Cual es el camino?”
No le sigas, no le nombres,
no preguntes dónde va,
si la noche trae problemas,
él ya sabe dónde estar.
No se vende por coronas,
no se arrodilla ante un señor,
pero si llaman sus hermanos,
cruza el fuego sin mirar.
No sonrió cuando entró la noche,
ni cuando el miedo llenó el salón,
solo escuchó desde su mesa
la historia de sangre del viejo pastor.
Tres noches de alguien sin volver
dos cuerpos junto al viejo río,
y en el camino hacia las colinas
algo se arrastraba al caer la noche.
El alcalde habló de poca plata,
los ricos miraron hacia otro lugar,
él dejó la jarra sobre la mesa
y dijo: “con eso bastará”.
No lo movía la gloria,
ni el perdón de ningún altar,
pero odiaba ver a los cobardes
comprar silencio y respirar en paz.
Salió sin dar explicaciones,
con la espada a medio asomar,
y cuando el bosque cerró sus ramas,
hasta los lobos dejaron de aullar.
No le sigas, no le nombres,
no preguntes dónde va,
si la noche trae problemas,
él ya sabe dónde estar.
No se vende por coronas,
no se arrodilla ante un señor,
pero si llaman sus hermanos,
cruza el fuego sin mirar.
Un viejo le ofreció más vino
y una cama junto al hogar:
“Quédate aquí hasta que amanezca,
nadie te obliga a regresar.”
El montaraz miró la lluvia,
se levantó sin contestar,
dejó unas monedas en la mesa
y salió hacia la oscuridad.
No era valor.
No era piedad.
Era esa maldita costumbre
de no saber mirar atrás.
Llegó al pueblo antes del alba,
con barro seco hasta el cinturón,
la espada mellada en la espalda
y mala cara de no dormir en noches.
En la plaza colgaba un aviso:
“Se busca ayuda. Paga menor.”
Tres hombres ricos lo leyeron riendo
y el herrero bajó la voz.
“Mi hijo entró por el paso viejo,
buscando leña al anochecer.
Volvió su perro con la correa rota...
pero el chico no volvió con él.”
El montaraz no dijo nada,
miró las huellas junto al portón,
tomó un mendrugo, llenó la cantimplora
y escupió al suelo antes de partir.
No prometió traerlo vivo.
No prometió volver también.
Solo siguió el rastro hacia el monte
como quien ya conoce el final.
Al amanecer volvió del monte,
con la espada manchada de sangre seca y sudor,
nadie preguntó qué había pasado,
nadie quiso saberlo mejor.
El herrero cayó de rodillas,
su hijo dormía sobre el zurrón,
el montaraz pidió otra jarra
y no aceptó limosnas ni honor.
Cuando le dieron las gracias,
miró la puerta y se levantó:
“Guardadlas para el próximo idiota
que venga a morirse por vos.”
Y se marchó sin mirar atrás.
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