¡No basta decir “sí” a Dios, hay que demostrarlo!
Padre Jorge
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En el Evangelio de hoy, Jesús nos presenta una parábola muy sencilla, pero profundamente interpelante. Un padre tiene dos hijos y les pide que vayan a trabajar a su viña. El primero responde que no quiere ir, pero después se arrepiente y va. El segundo dice que sí irá, pero finalmente no cumple.
Jesús nos hace comprender que no basta con decir “sí” a Dios con nuestros labios; es necesario demostrarlo con nuestra vida. Podemos hacer muchas promesas, hablar de nuestra fe, participar en actividades religiosas y decir que amamos a Dios, pero la verdadera respuesta se manifiesta en nuestras decisiones y en nuestras obras.
El primer hijo representa a aquellos que quizá inicialmente se alejaron de Dios, dijeron “no”, tomaron caminos equivocados, pero un día escucharon su voz, se arrepintieron y cambiaron de vida. El Evangelio nos recuerda que Dios siempre deja abierta la puerta del regreso. Nuestro pasado no tiene la última palabra cuando existe un corazón dispuesto a convertirse.
El segundo hijo, en cambio, nos invita a examinarnos. ¿Cuántas veces decimos “sí, Señor”, pero después no hacemos lo que Él nos pide? Podemos acostumbrarnos a una fe de palabras, de apariencias, de buenas intenciones que nunca llegan a convertirse en acciones.
Por eso, la pregunta que este Evangelio nos deja es muy concreta: ¿qué estoy haciendo con el “sí” que le he dado a Dios?
La viña representa nuestra vida, nuestra familia, nuestra comunidad y el mundo en el que Dios nos ha colocado. Cada día el Señor nos invita a trabajar en ella: amar, perdonar, servir, ayudar al que sufre, ser generosos y vivir de acuerdo con el Evangelio.
Y hay algo hermoso en este pasaje: Dios no busca personas perfectas; busca corazones que sepan cambiar. El que ayer dijo “no” puede decir “sí” hoy. La conversión siempre es posible.
Que nuestra oración sea:
“Señor, que mi ‘sí’ no se quede solamente en palabras. Dame un corazón dispuesto a escucharte y una vida capaz de demostrarte cuánto te amo.”
Porque al final, la fe verdadera no se mide solamente por lo que decimos, sino por lo que hacemos después de escuchar la voz de Dios.