La SALVACIÓN de ARGENTINA Cómo Belgrano DERROTÓ a Tristán tras el Éxodo Jujeño | Tucumán 1812
Guerra al Detalle
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El 23 de agosto de 1812, en San Salvador de Jujuy, no queda nada que valga la pena quemar dos veces. Los campos ya arden, los graneros están vacíos, y una columna humana que mezcla soldados desarmados con familias enteras, ancianos, niños y carretas cargadas con lo poco que pudo salvarse empieza a caminar hacia el sur, hacia Tucumán, dejando atrás trescientos sesenta kilómetros de tierra deliberadamente arrasada. Al frente va un hombre que hasta hace poco más de un año era abogado, no militar: Manuel Belgrano, con apenas ochocientos hombres desmoralizados y enfermos, perseguido por casi tres mil soldados realistas al mando del brigadier Juan Pío Tristán. Nadie en esa columna sabe todavía que esa marcha de derrota va a terminar, un mes después, en la victoria que gran parte de los historiadores considera la que salvó a la Revolución de Mayo de morir en su propia cuna.
El Triunvirato de Buenos Aires, temiendo por su propia supervivencia, ordena a Belgrano seguir retirándose hasta Córdoba y desmantelar por completo Tucumán, incluida la fábrica de fusiles que allí funciona. Pero al llegar, Belgrano encuentra una ciudad dispuesta a pelear —y hace lo único que no hace en toda su carrera militar: desobedece abiertamente la orden recibida. En vez de seguir retrocediendo, planta bandera y decide enfrentar a Tristán ahí mismo, apostándolo todo al apoyo del pueblo tucumano. Es la primera vez que este canal narra una batalla librada en el propio suelo argentino: Chacabuco y Maipú pertenecen a la campaña de los Andes en Chile, y Ayacucho es el desenlace final en el Perú.
La apuesta de Belgrano no deja margen de error. Su ejército de mil quinientos hombres, mal equipado y agotado por meses de retirada, va a enfrentar a una fuerza realista con el doble de efectivos, que llega además de encadenar victorias en el Alto Perú. Si pierde, todo el norte argentino queda abierto al avance realista sobre Buenos Aires —y encima, Belgrano lo hace desobedeciendo directamente al gobierno al que sirve, sin ninguna garantía de que su decisión no termine en un consejo de guerra en su contra.
Los días 24 y 25 de septiembre de 1812, en medio de una tormenta de viento y polvo que se mezcla con una manga de langostas que oscurece el cielo de la tarde, el Ejército del Norte enfrenta a las tropas de Tristán en los alrededores de Tucumán. A pesar de la inferioridad numérica, el terreno, el apoyo decisivo de la población tucumana y el liderazgo de Belgrano y del coronel Eustoquio Díaz Vélez terminan en una victoria patriota total: 450 realistas muertos y más de 600 prisioneros, contra 61 muertos del lado patriota. Meses después, en Salta, Belgrano vuelve a derrotar a Tristán de forma definitiva —y esta vez, en lugar de exigir su espada, lo recibe con un abrazo y libera a los prisioneros bajo juramento de no volver a tomar las armas. La generosidad le dura poco: el arzobispo de Charcas y el obispo de La Paz absuelven públicamente a los prisioneros de ese juramento, y buena parte de ellos, incluido el propio Tristán, vuelve a pelear contra la revolución poco después.
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