Proceso
Perro Poderoso
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Proceso
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Perro Poderoso
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Recuerdo mi pasado con tanta claridad. Puedo asegurar que nunca pude, soy consciente de que nunca lo intenté. De igual manera, poder recordar mi pasado es lo que me permite hoy, con tanta claridad, entender mi proceso.
La juventud marginada que atravesé, el descuido familiar, con escasos años, la delincuencia, las adicciones... realmente, una vida bastante dura al describirla. Pero, sin mentiras: una vida frontal y directa.
La cárcel me llevó a madurar. Me ayudó a entender, me motivó a apartarme de donde nunca debí entrar. La mayoría juzga sin entender cada etapa que muchos, que al igual que yo, tuvieron que atravesar obligados.
Hoy yo lo puedo contar, pero muchos no. Eso se lo agradezco a Dios por sobre todas las cosas, que nunca me dejó solo. Siempre me animó a levantarme, me tendió la mano las veces que caía.
Muchas noches, bajo los efectos de la adicción, el pecho se me oprimía. Sentía por dentro ganas de desahogarme, con llanto y a los gritos, pero nunca me lo permití.
Recordaba las veces que me habían menospreciado, las veces que se burlaron, las veces que me hicieron de lado. No podía llorar.
Las veces que recordaba que, siendo niño, estuve donde no debía, con gente que no correspondía. Necesitaba mucho de los que no estuvieron. Por eso nunca confío.
También aprendí desde niño a ganar lo mío, a no pedir ni mendigar nada, para no deber favores y, mucho menos, andar en boca de personas que no ayudan de corazón.
Mis peores días fueron cuando, bajo los efectos de la adicción, mi mente procesó la realidad. Siempre lo dije: fue duro, pero me convencí de que fue un mal necesario.
Esos ojos cansados y la mente adulterada por la adicción procesaron la realidad y desenmascararon a todos los que complementaban mi entorno.
Esos días, esas noches, me rompieron por completo. Pero decidí invertir la polaridad.
Me convencí de que romperme, en cierto modo, me permitiría reconstruirme donde me era conveniente.
Caer solo me ayudó. Me quitó a la gente de mierda, falsa y traicionera, que no buscaba un vínculo personal, sino una conveniencia.
Estuve destruyéndome gran parte de mí. No lo niego, lo asumo. Pero cambié mi polaridad mental y esto no va a quedar solo en destrucción.
Estoy convencido de que fue necesario para reconstruir un nuevo yo.
Ese hombre que en la cárcel maduró, que dejó la delincuencia y la adicción atrás.
Ese hombre que superó el proceso.
Ese hombre que hoy habla con determinación, que guardó las lágrimas y no se rindió.
Este es el fruto de la batalla librada.
La recompensa que Dios me da por no bajar los brazos.
Pero siempre fue Él quien me animó, quien me infundió el aliento.
99% Dios.
1% yo.