Canto de las Yerberas - Lunabia
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Canto de las Yerberas - Lunabia
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Lunabia
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Canto de las Yerberas
Hay mujeres que no aprendieron en libros,
sino escuchando el murmullo de las hojas
cuando el viento atravesaba los patios húmedos
de las casas antiguas.
Mujeres que reconocen el lenguaje del humo,
la tristeza escondida detrás de los ojos cansados,
y el temblor invisible
de las almas que han llorado demasiado tiempo.
Ellas saben cuándo cortar la ruda,
cuándo dejar descansar la lavanda bajo la luna,
cuándo el romero debe hervirse lentamente
para limpiar la memoria del miedo.
Las yerberas conocen secretos
que no caben dentro de las palabras.
Por eso caminan despacio,
como si escucharan algo que el resto olvidó hace siglos.
Llevan olor a canela, a tierra mojada,
a flores secándose junto al fuego.
Algunas curan con rezos antiguos.
Otras con silencio.
Otras simplemente apoyan sus manos sobre el cansancio ajeno
y algo oscuro empieza a romperse despacio.
Porque hay dolores
que no se arrancan hablando.
Hay heridas que necesitan humo,
agua tibia con hierbas,
una vela encendida en medio de la noche,
y alguien que te mire con amor
mientras vuelves a respirar lentamente.
Las yerberas aprendieron de las abuelas.
Y las abuelas aprendieron de otras mujeres
que caminaban descalzas bajo la lluvia
recogiendo plantas para salvar a los suyos.
Mujeres que cantaban bajito
mientras preparaban remedios,
mientras limpiaban casas cargadas de tristeza,
mientras abrazaban a quienes llegaban rotos.
Por eso cuando una yerbera enciende copal,
cuando sopla canela sobre una puerta,
cuando deja flores blancas cerca de una cama,
no está haciendo solamente un ritual.
Está conversando con la memoria antigua de la tierra.
Está recordándole al mundo
que todavía existen manos capaces de sanar sin destruir.
Hay algo sagrado en ellas.
Algo imposible de explicar del todo.
Tal vez por eso muchas veces las llamaron locas,
brujas, extrañas, exageradas.
Pero aun así siguieron sembrando plantas medicinales,
siguieron preparando aceites,
sigieron recogiendo hojas secas al amanecer
como quien recoge pequeños fragmentos de esperanza.
Porque las yerberas entienden
que sanar nunca fue solamente curar el cuerpo.
Sanar también es devolverle luz
a un corazón cansado de sobrevivir.
Y mientras el mundo corre, grita y olvida sus raíces,
ellas continúan ahí,
mezclando hierbas en frascos de vidrio,
escribiendo rezos en libretas antiguas,
hablándole bajito a las plantas
como si fueran hijas del mismo universo.
Ellas saben que cada hoja guarda memoria.
Que cada semilla contiene un destino.
Que incluso la planta más pequeña
puede enseñarle algo a un alma perdida.
Por eso siguen encendiendo fuego en las noches frías.
Siguen limpiando el miedo con humo.
Siguen preparando baños para el espíritu cansado.
Siguen creyendo en la ternura
en un mundo que a veces parece olvidar cómo amar.
Porque todavía existen mujeres
capaces de convertir el dolor en jardín,
la tristeza en medicina,
y la soledad
en un canto suave de hierbas moviéndose con el viento.
Letras de Marcia Morales Montesinos
Lunabia