Salí a un bar con mi novio, y el bar tender empezó a coquetear conmigo. Yo como respeto a mi novio,
El Chismesaurio
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Salí a un bar con mi novio, y el bar tender empezó a coquetear conmigo. Yo como respeto a mi novio, no le seguí el juego. Únicamente le di mi número, porque ya saben, aunque lo respete, tampoco hay que desaprovechar. Mi novio se enojó y se fue sin mí. Pero cuando volví a casa, todas mis cosas estaban fuera y había cambiado la cerradura.
Marcos, mi novio, y yo llevábamos tres años juntos, y honestamente siempre sentí que nuestra relación funcionaba porque yo le daba una especie de brillo que su vida no tenía por sí sola. Lo conocí en una fiesta de la empresa de su primo, una de esas reuniones donde todos van vestidos como si estuvieran cumpliendo un trámite social, y él estaba ahí, callado, con una cerveza en la mano, mirando más de lo que hablaba. Yo, en cambio, estaba en mi elemento, saludando gente, riéndome fuerte, moviéndome de grupo en grupo como alguien que entiende perfectamente cómo llenar un espacio. Marcos se acercó a hablarme con esa torpeza correcta de los hombres tranquilos, y me hizo gracia porque se notaba que no estaba acostumbrado a mujeres como yo. Supongo que eso me gustó al principio, sentir que yo era el acontecimiento inesperado de su noche y que él, por simple contraste, me ofrecía un tipo de calma que en ese momento confundí con estabilidad valiosa. Nuestras primeras citas tuvieron esa energía de relación prometedora que tanto le gusta a la gente sensata. Marcos me llevaba a restaurantes bien elegidos, me recogía puntual, se acordaba de detalles mínimos y siempre tenía esa expresión de hombre agradecido por estar donde estaba. Había algo cómodo en salir con alguien que no necesitaba competir conmigo por atención, alguien que no hacía escenas, que no coqueteaba con otras mujeres y que parecía genuinamente concentrado en hacerme sentir importante. Yo me dejé querer, obviamente, porque una cosa es que yo tenga estándares y otra muy distinta es que no sepa reconocer cuando un hombre está haciendo las cosas bien. Durante mucho tiempo me convencí de que eso bastaba, que una relación sólida era exactamente eso: un hombre predecible, una rutina amable y la certeza de que yo tenía el control natural del vínculo. El problema es que lo estable, cuando se extiende demasiado, empieza a parecer una sala de espera con lindos cojines. Con el tiempo nos fuimos acomodando a una dinámica donde Marcos era el pilar silencioso y yo la parte viva de la relación.
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