Le fui infiel a mi novio y me dejó. El me manipuló para hacerme sentir culpable
El Chismesaurio
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Le fui infiel a mi novio y me dejó. El me manipuló para hacerme sentir culpable, me hizo sentir una mala persona por haberle sido infiel. Pero, le pregunté a chatgpt y me dijo que solo soy un humano que comete errores y eso no me define como persona. Fui a su casa a mostrárselo, pero el muy infiel estaba llorando contándole a su mejor amiga.
Martín y yo nos conocimos en un seminario que, honestamente, parecía diseñado para que la gente presumiera lo “correcta” que era. Se llamaba “Ética en la Era Digital” y él llegó con libreta, lapicero y esa cara de persona que cree que la vida se ordena con reglas fijas. A mí me llamó la atención porque hablaba como si estuviera leyendo un manual antiguo, pero al mismo tiempo tenía una calma que se sentía… segura. Yo venía de una etapa donde todo era ruido, gente intensa, promesas que se evaporaban, así que esa estabilidad me pareció un lujo. Él me invitó un café al final, me preguntó cosas con interés real y no con esa energía de entrevista superficial. Esa noche pensé: por fin alguien que no está poseído por la inmediatez. Nuestra relación empezó como un contrato silencioso de paz. Martín era puntual, detallista, se acordaba de mis cosas, de mis horarios, de lo que yo decía incluso cuando yo misma lo decía “por decir”. Me llevaba a sitios tranquilos, me presentaba a sus amigos sin vergüenza y me hacía sentir que mi vida podía tener estructura. Yo, por mi parte, le aportaba chispa, conversación, ideas nuevas, tendencias, perspectivas que él no tenía. Sentía que yo lo estaba “actualizando” y eso me daba cierta sensación de poder, como si yo fuera la que lo sacaba del modo avión. A él le encantaba escucharme, aunque a veces fruncía el ceño cuando yo hablaba de cosas que veía en redes. Me decía que “había que tener criterio”, como si el criterio no fuera precisamente saber filtrar el mundo moderno. Con el tiempo, esa estabilidad que al inicio se sintió como un abrazo empezó a sentirse como una habitación sin ventanas. Martín tenía valores rígidos, casi ceremoniales, y cualquier tema terminaba en una especie de tribunal emocional donde él era juez y yo una acusada por pensar distinto. Si yo decía que algo era relativo, él lo volvía absoluto. Si yo hablaba de acuerdos, él hablaba de “principios”. Y claro, en público era un hombre perfecto, de esos que la gente mira y dice “qué suerte”.
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