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El Campeón del Pueblo Se Burló del Caballo Desconocido… Hasta Que Comenzó la Competencia

RANCH JACK DALTON

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El Campeón del Pueblo Se Burló del Caballo Desconocido… Hasta Que Comenzó la Competencia

5 145 просмотров · 10 дн. назад
RANCH JACK DALTON
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—¡Con ese caballo piensas competir contra mí! —se burló Mateo Salvatierra, el campeón de San Isidro del Valle, mientras los espectadores soltaban algunas carcajadas. Clara Mendoza no respondió. Acarició el cuello de su caballo alazán y se preparó para entrar en la pista. Mateo estaba convencido de que ganaría por quinta vez consecutiva, pero aún no sabía de lo que Lucero era capaz. Si disfrutas las historias de ranchos, caballos, secretos y personas que demuestran su verdadero valor, suscríbete a RANCH JACK DALTON. Aquí encontrarás relatos originales donde las apariencias no siempre cuentan toda la historia. El sol apenas comenzaba a iluminar San Isidro del Valle cuando Mateo Salvatierra entró en la arena montado en su caballo, dispuesto a preparar la última práctica antes de la feria anual. Desde las gradas todavía vacías llegaba el sonido de los trabajadores colocando barriles y ajustando las vallas. En unas horas, aquel lugar estaría lleno de vecinos que, año tras año, acudían para verlo competir. Mateo conocía bien esa sensación. Durante cuatro años consecutivos había ganado la carrera de barriles, y su nombre se había convertido en sinónimo de victoria. Los comerciantes lo saludaban por la calle, los niños imitaban su manera de montar y los organizadores siempre lo mencionaban entre los favoritos. Aquella atención le gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. —¡Vamos, muchacho! Una vuelta más —dijo, presionando suavemente las piernas contra los costados de su caballo. El animal aceleró. Mateo rodeó el primer barril con precisión, cambió de dirección y completó el recorrido sin derribar ninguno. Al terminar, levantó una mano hacia dos trabajadores que observaban desde la cerca, esperando sus aplausos. —Todavía tienes la mano fina —comentó uno de ellos. —Eso no se pierde —respondió Mateo, sonriendo—. Y menos cuando uno sabe lo que hace. A unos metros, su padre, Esteban Salvatierra, había seguido el entrenamiento en silencio. A sus sesenta años, conocía los caballos por su comportamiento y a las personas por los pequeños cambios que otros pasaban por alto. Había enseñado a Mateo a montar cuando apenas alcanzaba los estribos, y recordaba perfectamente cuánto esfuerzo le había costado ganar su primera competencia. Por eso le preocupaba verlo tan satisfecho consigo mismo. Cuando Mateo desmontó, Esteban se acercó para sujetar las riendas. —La segunda curva te quedó un poco abierta. Mateo se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente. —Pero no derribé ningún barril. —No te estoy diciendo que hayas hecho una mala vuelta. Te digo que puedes mejorarla. —Papá, llevo cuatro años ganando esta carrera. Creo que conozco bastante bien el recorrido. Esteban le devolvió las riendas sin discutir. —Precisamente por eso deberías seguir practicando como si todavía tuvieras algo que aprender. Mateo frunció el ceño. Aquellas palabras le parecieron injustas. Había trabajado desde niño, había soportado entrenamientos agotadores y había sacrificado muchas celebraciones para llegar a donde estaba. No entendía por qué su padre parecía incapaz de reconocer que todo aquel esfuerzo había dado resultado. —A veces pienso que nunca estás satisfecho con nada de lo que hago —dijo. Esteban se quedó quieto. —Estoy orgulloso de ti, hijo. Pero estar orgulloso no significa que tenga que darte la razón en todo. Mateo apartó la mirada y comenzó a revisar la montura. No quería prolongar la conversación. En su cabeza, las palabras de su padre se mezclaban con una inquietud que llevaba semanas intentando ignorar. La feria de ese año tendría más participantes que las anteriores. Se habían inscrito jinetes de localidades vecinas y, según comentaban los organizadores, algunos tenían experiencia en circuitos regionales. Mateo había escuchado esos rumores sin mostrar preocupación, aunque la posibilidad de perder empezaba a rondarle la mente.