06 - Saber usar de los enemigos
El Súmmum de la Síntesis
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06 - Saber usar de los enemigos
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El Súmmum de la Síntesis
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El aforismo que da nombre a este bloque es uno de los más citados de Gracián, y también uno de los más malinterpretados. Todas las cosas se han de saber tomar, dice, no por el corte, que ofende, sino por la empuñadura, que defiende — y eso vale sobre todo para la enemistad. Al varón sabio más le aprovechan sus enemigos que al necio sus amigos. Una malevolencia allana montañas de dificultad que el favor no se habría atrevido a emprender, y a muchos les fabricaron su grandeza precisamente sus malévolos.
El remate es la parte que suele olvidarse: más fiera es la lisonja que el odio, porque el odio remedia eficazmente los defectos que la lisonja disimula. El cuerdo hace espejo de la ojeriza, más fiel que el de la afición, y se adelanta a la crítica corrigiendo aquello que le van a reprochar. Vivir en frontera de una enemistad obliga a un recato que acaba siendo una ventaja.
Alrededor de esa idea Gracián dispone toda una economía de la reputación. Permítete algún desliz venial, aconseja, porque la envidia acusa a lo muy perfecto de pecar en no pecar, y se hace Argos buscándole faltas a lo excelente aunque solo sea por consuelo. Duerma, pues, alguna vez Homero: afecta un descuido en el ingenio o en el valor, nunca en la cordura, y será como echarle la capa al toro de la envidia para salvar la inmortalidad.
En la misma línea va la advertencia contra ser malilla, esa carta que sirve para todo. El defecto de lo excelente es que de tanto usarse se abusa, y el ser codiciado por todos termina en enfadar a todos. Grande infelicidad es no servir para nada, pero no menor querer servir para todo: se pierde por mucho ganar, y quien fue deseado acaba aborrecido. El remedio es guardar un medio en el lucimiento — la demasía en la perfección, la templanza en la ostentación. Cuanto más luce una antorcha, más se consume y menos dura.
Contra el desgaste propone lo contrario: renovar el lucimiento, que es privilegio del fénix. La excelencia envejece y la costumbre disminuye la admiración, hasta el punto de que una novedad mediana suele vencer a una eminencia envejecida. Hay que renacer en el valor, en el ingenio, en la dicha, amaneciendo muchas veces como el sol y cambiando de escenario, para que en uno la ausencia despierte el deseo mientras en el otro la novedad gana el aplauso.
Dos aforismos tratan de la información, y son sorprendentemente modernos. Vivimos casi todo de información: es muy poco lo que vemos y mucho lo que aceptamos por fe ajena. El oído es la puerta segunda de la verdad y la principal de la mentira. La verdad rara vez llega en su elemento puro, y menos cuando viene de lejos: siempre trae algo de los afectos por donde ha pasado, porque la pasión tiñe de sus colores todo lo que toca. Hay que llevar gran cuenta con quien alaba y mayor con quien vitupera, averiguando siempre de qué pie se movió el que trae la noticia.
Y el tono. Quien siempre está de burlas nunca es hombre de veras: no hay mayor desaire que el continuo donaire, y quien gana fama de decidor pierde crédito de cuerdo. Pero un grano de gracia lo sazona todo, y los mayores hombres juegan también esa pieza. La clave es el proteo discreto: con el docto, docto; con el santo, santo. Observar el genio de cada uno y templarse a él, porque la semejanza concilia benevolencia.
Cierra con la definición más sobria de todo el libro. El arte para vivir mucho es vivir bien: así como la virtud es premio de sí misma, el vicio es castigo de sí mismo.